domingo, febrero 15, 2009

En busca de Anita.

No me ha sido fácil cumplir la promesa de poner los vínculos en el blog. Primero, como ven, me está resultando difícil publicar aquí. Segundo, no los hallaba. Virtual ni físicamente. Ni siquiera en la Feria del libro, donde mi hijo se sumergió en lo profundo de un antiguo calabozo lleno de libros y sólo pudo encontrar algunos ejemplares de Ternera Macho. Nada de Anita y las cinco gordas.

Con fe en la existencia del libro sustentada en su posesión material, busqué en Renacimiento, y hallé lo siguiente:

1

PÉREZ CUZA, Ángel.- Anita y las cinco gordas. Novela cubana. (Aproximación a los temas que han marcado la vida de muchos cubanos y conforman la peculiar idiosincrasia que les permite sobrevivir con dignidad en medio de las ruinas de sus sueños). Ilustración de la cubierta de Eva Vázquez Merino.
Espuela de Plata, Colección Narrativa nº25, 2009, Sevilla. 21x15. 248 pgs. (S2351)

2

PÉREZ CUZA, Ángel.- Delito mayor (Novela).
Espuela de Plata, Colección Narrativa nº12, 2005, Sevilla. 1ª edición. 21x15. 144 pgs.(Q6203)

3

PÉREZ CUZA, Ángel.- Delito mayor (Novela).
Espuela de Plata, Colección Narrativa nº12, 2006, Sevilla. 2ªed. 21x15. 160 pgs.(R2273)

4

PÉREZ CUZA, Ángel.- Ternera macho y otros absurdos. Prólogo de Juan Bonilla.
Espuela de Plata, Colección Narrativa nº15, 2007, Sevilla. 1ª edición. 21x15. 223 pgs.(R2331)

Para los que deseen adquirir el libro por esta vía, aquí les dejo el vínculo: http://www.libreriarenacimiento.com/cgi-bin/shop?texto=P%E9rez+Cuza&texto1=&opc1=campo7&xx=Buscar&max=100&and=and&com=busca

Mi segunda promesa es la de colocar un fragmento en este blog. Como ya he publicado aquí varios de los cuentos que hacen sus personajes (El hombre que viajaba demasiado, El Santo de San Luis y Lastimera) he seleccionado una parte contada por el narrador, es decir, por mí en esta función.

La novela es, en su primera parte, una historia de viajes: las hermanas viajan desde Miami, La Habana, Santiago y San Luis, hacia su casa paterna; desde allí realizan una visita a una finca en la loma y otra a la playa, y luego deben emprender un regreso por las carreteras cubanas, con ribetes de odisea. Los relatos se hacen en los momentos en que las circunstancias lo permiten.

Lo que sigue fue tomado de una de las últimas revisiones de la novela y es el comienzo del viaje de regreso de dos de las abuelas.

…

Al día siguiente, en el aeropuerto, hay una pequeña conmoción.

—El problema es que el vuelo no va a contar con las capacidades calculadas, ya que llegó un chárter de Kingston y tienen reservados diez asientos en su vuelo.

—Pero nosotras tenemos pasajes.

—Sí. Ustedes van a salir, pero no puede ser de inmediato. Hay que esperar al de la noche, es más grande, un DC-10 que viene de París y siempre tienen muchos asientos.

— ¿Y si viene lleno? ¿Qué seguridad hay…? ¡Tenemos que irnos ahora, mi hermana está enferma y yo tengo el regreso a Miami mañana por la mañana! ¡Llame a un supervisor!

— Señora, él no va a resolverle su problema, hágame caso. Son solamente unas horas.

— ¡Yo conozco mis derechos! ¡Si mi pasaje es en este vuelo, no me pueden decir que espere hasta la noche! Ni siquiera me dan seguridad. Llame a su jefe.

— ¿Está usted segura?

— ¡Claro, a mí me van a tener que dar respuesta!

Teresa y Anita tratan de apaciguarla, pero ya la despachadora está hablando por teléfono. "Nos van a embarcar." Susurra Teresa.

— Mi hermana, nos vamos a meter en un problema.

— ¿Por qué?

— Por los pasajes que nos vendieron. Parece que se le fue la mano.

— ¿Y qué? Ese es su problema.

— No, porque los pasajes de nosotras fueron por la izquierda. Podemos perder el dinero, incluso hasta nos pueden acusar de receptación.

— En ese caso, ellos caerían por estafa, robo, malversación, chantaje, qué se yo cuántas cosas habrán hecho.

— Sí, pero quiénes son ellos y quiénes somos nosotras.

— Ellos son unos delincuentes con poder.

— Ahí está la cosa.

Un iracundo funcionario salió de un pasillo lateral y se dirigió a ellas. Sin darles la oportunidad de abrir la boca, extendió la mano.

— A ver, los pasajes. El suyo también.- los miró detenidamente.- esperen aquí.

Entró a su oficina y regresó con varios papeles.

— Estos pasajes no tienen respaldo en asientos, los viajes están repletos. Nos vemos en la necesidad de devolverles su dinero. A menos que acepten esperar a que se produzcan vacantes, las pondremos en la Lista de Espera y pronto estarán en sus destinos.

— ¡Oiga, yo no puedo esperar! ¡Yo tengo salida para los Estados Unidos en el primer vuelo de mañana!

— Mire señora, yo lo siento. Hay mucha presión con el congreso que se está celebrando en La Habana. A usted se le abonará el precio de su pasaje como a las otras dos. No hay capacidades disponibles en los vuelos de hoy. Trate de llegar por otra vía.

— ¡Tengo que hablar con su jefe! ¡Búsquelo o dígame dónde está!

— Cálmese señora, aquí el jefe soy yo. Y disculpe, que tengo mucho que hacer. ¡María Eugenia! Llénele un vale a las señoras y que pasen a la caja.

Todavía incrédulas fueron a la ventanilla, donde firmaron algunos papeles y recibieron varios billetes nuevos.

— ¿Y el dinero de mi pasaje?

— Mire, como lo suyo es divisa, tiene que ser autorizado por el supervisor. El problema es que él salió y no regresará hasta mañana. Tome este vale y vuelva a primera hora para que se efectúe el reintegro.

La pequeña terminal aérea, con su pista inquietantemente próxima al mar, ha dejado de ser simplemente incómoda para convertirse en una trampa. Sin una solución clara al problema creado, salen al exterior en busca de ideas.

— ¡Hasta llegar a Santiago es difícil!- Justina mira desconsolada al semidesértico estacionamiento de las afueras de la terminal.

 —  Abuela, Abue Tere se siente mal.

— ¡Claro! ¡Un milagro sería que no se sintiera mal! ¡Oiga! ¿Ese taxi tiene aire acondicionado?

El taxista.

— ¡Váyanse en máquina!

— ¿No es muy caro?

— ¿Dará tiempo?

— Sí, si alquilan un taxi del estado. Un particular no es tan caro.

— ¿Cómo cuánto?

— Cien pesos más la gasolina.

— ¿Cien pesos?

— CUC, quiero decir.

— ¿Y cuánto es la gasolina?

— Según el carro, entre cien y ciento veinte más o menos. Si es petrolero es más barato.

— ¿Tú conoces a alguien? Tiene que ser urgente.

El taxista las deja en la casa con el compromiso de llamar en media hora. David las ayuda con las maletas.

— ¿Qué hacen aquí? ¿Cómo sigue, abue?

— Nos han robado. Estos tipos son unos delincuentes.

— ¿Qué pasó? ¡Díganme!

La solución aparece mucho antes de que llame el taxista. Alex, un amigo de David con buenas relaciones, conoce a Marcel, chofer que suele venir con su jefe a Santiago, a resolver problemas de su empresa. El jefe retornó ayer debido a una llamada imprevista (por avión, claro) y Marcel debe regresar con el carro. Tenía planes de pasear un poco, pero una petición de Alex es prioritaria y a las once menos cuarto están las tres mujeres a bordo del vehículo. Es un precioso Toyota Montero que necesita sólo quince horas para cubrir la distancia ente Santiago y La Habana. No le piden tanto, sólo que las lleve hasta la terminal de Holguín, donde pueden tomar el vuelo de las cuatro de la tarde, siempre que lleguen antes de la una.

Magdalena, David y Jesús las despiden nuevamente. Mientras se aleja el automóvil, Jesús comenta con su abuela:

— Tenía que haberme ido con ellas.

— ¿No te ibas a Moa?

— No. No hay chance por ahí. Además…, si voy a dejar Santiago, ¿para qué meterme en otro hueco? Mejor me voy pa' la Habana.

— ¡Déjate de bailecito, que es un asunto muy serio…! En esta familia no hay vagos.

— No se preocupe abuela, que yo me mantengo. ¿Cuándo me ha visto en borrachera? Mañana voy al astillero, dicen que tienen un buen taller de maquinado y yo soy el mejor con un hierro en la mano.


 

Las dos abuelas viajan en el asiento trasero, agradeciendo el aire acondicionado del vehículo que no impide, no obstante, que el malestar de Teresa se acentúe, forzándola a interrumpir con cortos gemidos la abundante charla del chofer. Anita va junto a él mirando las luces de la reproductora, que trabaja sin oyentes.

— Con este carro da gusto manejar. Las carreteras, vistas a través de los cristales oscuros, no parecen llenas de guaguas, ciclistas y camiones. Uno no sufre el calor. Me gusta más de noche, cuando no hay tráfico.

— ¿Has tenido que viajar solo otras veces?

— Casi nunca. Y, en ese caso, busco a alguien que lo necesite y le doy un empujón. Lo que yo no hago, es montar a los que sacan la mano en la carretera, qué va. Uno escucha cada historia, que es mejor no meterse en problemas por estar haciendo favores. Sin ir más lejos…

— Oiga, Marcel, mi abuela se siente mal. ¿Usted podría detenerse en un consultorio?

— ¡No, no paren por mi culpa! De todas formas, no me pueden aliviar.

— ¿Qué tiene?

— Culebrilla.

— Si le duele, le inyectan Duralgina y se le pasa el dolor. Lo malo no es la posta médica, en el camino vamos a encontrar varias, si no la inyección. ¿De dónde la vamos a sacar?

— ¿No hay farmacias por esta parte?

— Haría falta una farmacia en divisas, y ésas, nada más que hay en La Habana. O, podríamos intentarlo en el Hospital Lenin, allá en Holguín.

— Se nos van todos los aviones. Déjenme tranquila, el dolor se me pasará.

— ¿Y no han probado buscar a alguien que le corte la culebrilla? Yo conozco a un viejo que le hacen cola. Unas oraciones…

— Ya, ya nos hicieron el cuento. Pero estamos apuradas y en la Habana hay todo tipo de curandero.

¿Por qué no nos habla de su empresa?

Por un rato se concentran en el camino. El hombre mira de reojo a Anita, pero no se decide a iniciar nuevos temas de conversación. Tampoco quiere que lo abrumen con dolores y remedios. A los lados del camino hay personas que muestran ristras de ajo y queso blanco. A pesar del poco viento, el polvo naranja invade el ambiente. En las abigarradas orillas de la vía se alternan casas y kioscos, mujeres limpiando con improvisadas escobas y vendedores de alivios para el hambre y la sed.

— No vamos a llegar a tiempo. No puedo ir más rápido y hay un punto de control que me hará perder por lo menos media hora.

— ¿Tanto? Pero, ¿qué hacen en ese lugar?

— Sólo buscan si llevamos café en grano. Registran todo. El verdadero problema es la cola para llegar al punto.

— ¡Virgencita de la Caridad! Si no llegamos a tiempo, se pierde el vuelo de Miami.

— Bueno, si hace falta, yo las llevo hasta la Habana. Puedo llegar allá a las tres o las cuatro de la mañana. Si no se me pone mala la cosa, quizás llegue antes.

— ¿No va a intentar por Holguín?

— En eso estoy, sólo que por la hora, la carretera y los policías, no creo que haya chance.

Un cuarto de hora después, Marcel aminora la marcha y toma la senda derecha. Una larga fila de vehículos serpentea lentamente. Cuando se detienen, Teresa despierta.

— ¿Qué pasa?

— El Punto de Control. Hoy hay más cola que nunca.

Durante un buen rato repiten el procedimiento de encender el motor, avanzar unos metros y apagarlo nuevamente. Anita se baja y recorre un tramo a pie, observando la variedad de automóviles, choferes y pasajeros que, dócilmente, aguardan su turno para la revisión. Dos hombres corren a esconderse tras los matorrales, seguidos por bromas soeces y sospechas de ocultación del grano prohibido. Pero casi todos permanecen en sus asientos a la espera de llegar, finalmente, ante los policías, que revisan los bultos, baúles y espacios interiores sin prisa.

…

martes, febrero 10, 2009

¡Salió Anita y las Cinco Gordas!

Ayer me entregaron una muestra del libro. No he tenido tiempo de preparar un trabajo más extenso, ni he podido buscar los vínculos en las librerías, en breve lo haré; pero ya salió y estará en los estantes de la Feria del Libro.

domingo, febrero 08, 2009

Regreso a Mezquino

Hace quince años acompañé a dos amigos a visitar a un vendedor al que llamaban Julián. Se demoraba un lote de jabones, detergente, puré de tomate y aceite que tenían encargado y fueron en persona a recibir explicaciones. Un aire de desastre había invadido la oficina de la pequeña empresa del vendedor. "Nos retiraron la licencia." Compungido, el hombre entró en detalles: "No nos dieron el permiso para operar en Zona Franca y ahora nos rechazan la renovación."

Mis amigos le hablaron en tono consolador, pero su pena no cedía. "Yo no puedo volver a trabajarle al Estado." "Te entendemos." Yo, que era el único allí que trabajaba para el Estado, no concebía la magnitud de su tragedia, pero mantenía silencio. La conversación era en mi presencia, pero sólo estaba acompañando a mis amigos. "No vamos a poder entregarles la mercancía, tenemos suspensión de operaciones. Estamos liquidando al por mayor."

"¡El pobre!" "¡De madre!" Comentaban mis amigos, a la salida. "No es fácil la vuelta a la economía nacional." "El sindicato, las guardias, los trabajos voluntarios…" Enumeraban. "Lo peor es la jabita." "Yo no recibo jabita, ¡ojalá!" Tercié. "Tienes razón. A lo mejor ni eso."

"Lo peor es la mezquindad. La gente echándose pa'lante unos a otros. La desidia. Pasarse las ocho horas sin querer hacer nada, porque es después cuando uno se gana la vida." "No. Lo peor es que te pueden mandar a hacer cualquier cosa aunque no esté en tu contenido de trabajo…" "¡Que no te pagan…! ¿Tú crees que tres o cuatro dólares es salario?" (El cambio de la época).

Así siguieron discutiendo. Pronto aparecieron los relatos ejemplares y olvidaron a Julián para siempre.

Pasó el tiempo y mis amigos se fueron: uno a Murcia y la otra a California, donde los dos están muy alegres trabajándole al Estado. Pensé que Julián había tomado un camino similar, pero hace unos días lo vi en una gasolinera en el proceso de llenar de combustible el tanque de un automóvil estatal. Su aspecto lustroso y el auto indicaban que no le iba mal. Por curiosidad lo interpelé: "¡Julián!" "¿Te conozco?" "Es difícil que me recuerdes, sólo me viste una vez hace mucho tiempo." "Y ¿por qué te acordaste de mi nombre?"

Le recordé las circunstancias en que nos encontramos. "Pero ahora se te ve bien. Contento." "Sí. Me las arreglo." "Se han cerrado muchas firmas y seguro que cierran otras, con el lío de la crisis... ¡qué inseguridad!"

"Así y todo, si se me da un trabajito como aquel, me lanzo con los ojos cerrados." "Pero ahora tienes carro, laptop…" "Salgo corriendo a entregarlos en cuanto se me de un chance…" "¡Suerte!" Le deseo mientras se aleja.

 

domingo, enero 25, 2009

Anita fue a la imprenta

Y se está demorando en salir. Espero que pronto encuentre la calle, la idea es que venga a la Feria del Libro, muy próxima ya, aunque me gustaría verla antes.

Agradezco el interés, muy pronto podré anunciar su salida. Tal como prometí, adelantaré un fragmento en el anuncio.

domingo, enero 18, 2009

La competencia

- ¿Quieres saber cómo llegué a tener todo esto?- El hombre, de piel muy negra, vestido completamente de blanco, sonríe mostrando oro en la dentadura, en concordancia con el que lleva en el cuello, los brazaletes y anillos.- Tu sabes por donde muere el pez, y yo soy hombre de pocas palabras. Ahora quiero abrirle mi alma a un amigo de verdad.

- Conmigo no hay tema. Puedes decirme lo que quieras, soy una tumba. Lo que tú me cuentes, queda entre nosotros.

- Bueno, la verdad es que tengo ganas de que lo escribas, pero que no digas mi nombre.

- Veremos. Sírvete.

- Mi apellido es Soto. Bueno, no es ése, pero es el que quiero que me ponga. Soy el mayor de tres hermanos nacidos con un año de diferencia. Éramos tres negritos buenos, pero no mucho, de los que pasan de grado con la benevolencia de los maestros, pero no muchos. Ninguno de los tres llegó a preuniversitario. En el Servicio Militar me hice chofer y, cuando salí, me puse a trabajar como camionero en una base de transporte de mercancías.- Soto derramó unas gotas de ron en el suelo, y se sirvió una dosis generosa, que comenzó a beber a pequeños buches.- Me casé a los veinte años con Jenny, una mulata que derretía al muro del malecón cuando apoyaba su hermosura en él.

Jenny tenía una hermana, Gilda, tan linda como ella, pero mucho menos simpática. Gilda se casó cuando estábamos de novios con un militar.

Si nosotros hubiéramos sido los primeros en casarnos, las cosas serían más sencillas, pero conocer los preparativos y los detalles de la boda de mi cuñada, lo complicó todo. "¿Un Cake de dos pisos? En una boda decente tienen por lo menos tres pisos." Claro, una boda decente, era la otra boda. Lo mismo para todo. "¿Treinta y seis fotos? ¿Nada más?" "¿Cincuenta mesas?" "¿El Hotel Capri?" El presupuesto crecía, yo almorzaba en el trabajo, cincuenta centavos, y por la noche, una sopa de diez quilos y un arroz salteado, de veinte, en el Comedor Popular, para no pasarme de un peso diario y poder ahorrar cien pesos mensuales para la boda. Un día fui a ver a mi padrino. Él me escuchó como siempre. "¿Estás decidido a casarte?" "Sí, Padrino." "Vas a sufrir, pero yo te voy a ayudar. Siempre. Vuelve cuando estés apretado." El Padrino es un hombre sabio y me regaló trescientos pesos. La boda fue un éxito y tuvimos un álbum precioso y nos retratamos hasta en el Restaurante Polinesio, aunque al final nos quedamos sin un peso y tuvimos que regresar en guagua con las maletas y pidiéndole al conductor que nos diera un chance. Por suerte, en esa época las guaguas no estaban tan malas.

Las cosas empezaron mal: los cuñados nos dejaron el cuarto y se fueron a un apartamento que le asignaron al teniente por su trabajo. Un cuarto con barbacoa sirve perfectamente para una pareja sin hijos, pero nos mantuvimos hasta el cobro pidiendo prestado y, cuando me pagaron, tuve que devolver lo que pedí y me quedé de nuevo casi sin dinero. Así fue por varios meses.

Las vicisitudes de vivir en una ciudadela no nos atosigaban demasiado, porque éramos jóvenes y ella vivía allí antes de casarnos. Una habitación con barbacoa significa no tener baño adentro de la casa, sólo había uno en el piso, para seis habitaciones, y teníamos que hacer cola con las latas de agua preparadas. Por suerte, el inodoro estaba en un cuartito aparte. Pero, aún así, es pesadísimo esperar por otros, oler su peste. Usábamos un orinal en la casa, pero imagínate lo demás. Cocinar era otra historia, no quiero exagerar con los detalles, los trabajos que pasábamos y que pasan muchos todavía.

Pero estábamos contentos, ¿sabes por qué? Yo, tampoco. Debe ser porque antes de casarnos era peor, yo en un albergue y ella allí mismo con la hermana y el novio. O porque creíamos que en Guantánamo nos iría mucho peor. O porque todo el tiempo pensábamos exclusivamente en templar y salir a la calle.

Una tarde, al regresar del trabajo, me la encontré deprimida. Ya no debíamos dinero, los dos estábamos en la libreta y habíamos podido comprar fundas para las almohadas, desodorante "Fiesta" de crema, ése que hace golondrinos en los sobacos y un aparato para picotear cebollas, por el D2, que era nuestro grupo de compras que nos tocaba cada tres meses. Así que me quedé preocupado por su cara de vinagre.

"Fui a casa de Yiya." Ella era la única que le llamaba así a su hermana, su nombre real era Hermenegilda, pero todo el mundo le decía Gilda, so pena de recibir un "el coño'e tu madre, hijoeputa" de vuelta al que la llamase por su nombre. "¿Le pasa algo?" "No, está bien. Hasta dejó de trabajar." Y con la misma se echó a llorar.

- ¿Ese nombre, Hermenegilda, es de verdad?

- No. Ningún nombre es de verdad.

- Pero el detalle de Gilda y Yiya…

- Bueno, ¿me quieres coger de atrás pa'lante? No me cortes la inspiración y escucha. Jenny estuvo unos días enfurruñada y una tarde, cuando la recogí a la salida de su trabajo, me dijo: "Ya me dieron la baja." "¿Qué baja?" "Del trabajo." "¿Tú pediste la baja del trabajo?" "Sí. ¿No te acuerdas que tú mismo me habías dicho que después que nos casáramos podría dejar el trabajo? Pues ya dejé el trabajo, total, para lo que me pagaban. Y no era nada entretenido. Así puedo atender mejor la casa."

Estaba tan contenta que le seguí la corriente, es verdad que ella sólo ganaba ciento cuarenta y ocho pesos, una miseria, pero ayudaba y tenía almuerzo y ocho horas menos para pensar en las musarañas.

Agarré un camión de doce toneladas, que hacía dos viajes diarios por lo que pagaban dos horas extras, y así mi aumento casi compensó las pérdidas. Además, ahora que yo era el único que ganaba dinero, dejé de depositarlo en la cajita, me quedaba con él en el bolsillo y me era más fácil comprar cualquier cosa, o ir a una piloto a darme unos buches.

Pero ella seguía tristona. Nada le parecía bien. "Lo tuyo es vivir por vivir, ¿hasta cuándo vas a mear en un litro de leche, Alberto Soto? No aguanto más este solar." Me quedé asombrado. ¿Cómo es posible que una muchacha que nació y se crió en un solar, de pronto encuentre que no lo soporta? "Mi vida, a mi trabajo no le han dado micro. Pero yo te prometo que, en cuanto la den, yo me apunto y, con un poco de suerte, en tres o cuatro años trabajando en la construcción, nos dan un apartamento en Alamar." Y rompió a llorar de nuevo.

De manera que fui a ver a mi padrino. Es un hombre sabio, que siempre me da consejos útiles. Él escuchó todo el cuento mirándome, sin preguntar ni interrumpirme para nada. Y después: "¿Tú la quieres?" "Seguro, padrino." "Tiene envidia de la hermana." "¿Usted cree? Ellas son muy unidas." "Póngale el cuño. Te voy a dar dos opciones." Y me entregó un puntero de los que usan algunos maestros para señalar en la pizarra y una tarjeta con un nombre y una dirección. "¿Y esto?" "Te dije que son dos opciones. Con la varilla, resuelves el problema por la vía rápida: tú la quieres, la próxima vez que se ponga majadera, le das una buena tunda y, si ella te quiere, dejará de fastidiar, si no, a quien dejará es a ti. Se acabaron los sufrimientos." "¿Y la otra opción?" "Habla con esta persona y dile que vas de mi parte. Pronto tendrás dinero para comprar una permuta por algo mejor. Pero, recuerda, guarda el puntero, porque algún día lo vas a necesitar." "Padrino, se me seca la mano antes de levantársela a Jenny. Ya no son esos tiempos." "Tú no sabes cuáles son estos tiempos. Llévate también la varilla, que algún día la vas a necesitar."

Lo que hice, fue ir a la dirección de la tarjeta. Para empezar era fácil. En vez de dos viajes diarios, empecé a dar tres. El tercer viaje, por cuenta del hombre de la tarjeta. Al puerto y a un almacén. Al cabo de un tiempo, mi nuevo amigo me prestó el resto de la plata, adelantándome el pago de varios meses, y pude pagarme una permuta por un apartamento en el Cerro. Un apartamento de micro, de un cuarto, en el tercer piso; con sala-comedor, cocina, baño y balcón. Los muebles del cuarto bailaban de alegría al verse en aquel palacio.

Pero Jenny suspiró. "Supongo que es lo mejor que pudimos conseguir, pero tenemos que luchar otra permuta." Fui con ella a visitar a mi cuñada y la encontré muy gorda. "Tiene cinco meses." "¡Felicidades!" Era un apartamento en un edificio del Vedado, cerca del hotel Habana Libre. No era grande, pero se veía muy bueno, y mucho más lindo que el nuestro.

Yo estaba ganando bastante dinero y nuestros muebles mejoraron tanto, que ya no teníamos por qué envidiarle a Gilda su juego de sala de mimbre del comercio militar. Teníamos uno, tapizado en pana de los merolicos de la Terminal. Nuestra hornilla Pike de keroseno, que llenaba de humo la casa, fue sustituida con una hermosa cocina de gas de balón, con horno.

En mi trabajo me iba súper bien. Mi camión no paraba. Era el que más combustible consumía en toda la base, el que más quilómetros recorría y ésos, eran los parámetros de la emulación. Mis viajes extraordinarios no les preocupaban a los jefes, porque para ellos lo importante eran los indicadores y yo estaba sobrecumpliendo el Plan.

Mi mujer parió una niñita que tuvo su cuna, su mecedora y un corral de madera barnizada, nuevos de paquete. Compramos la canastilla que nos tocaba, mandamos a bordar las toallas, las sabanitas, los pañales y los baberos. Todo estaba precioso, pero, para mi desgracia, mi concuño tuvo una misión en la RDA y trajo toda la ropa de su niño hasta que cumpliera los tres años. Así que yo tuve que buscar ropita de contrabando que los marinos traían si uno les compraba los dólares y les daba un veinte por ciento de comisión.

De maravilla, con el tanque lleno, montaba a mi mujer y a mi niñita en la cabina del camión, pasábamos por el paradero y recogíamos a todo el que se quisiera montar en la parte de atrás y en media hora descargábamos a treinta personas en el parqueo del Mégano. ¿Hay algo mejor que un día de playa con tu mujer y tu bebita con los bolsillos llenos de plata?

Hasta que en uno de esos viajes encontramos a la otra familia en la playa, con un Lada 1600 que acababan de darle. Jenny no quería ni montarse en el camión para regresar. Ni consintió en volver a hacerlo.

Tenía algo de dinero, pero no alcanzaba para un carro. Además, no se pueden comprar carros modernos, sólo los viejos. Bueno, un objetivo más para mí.

Pero las cosas no siguieron igual. El tipo, para quien daba los viajes, explotó (usted entiende, quiero decir que los cogieron). Cambiaron los parámetros de la emulación y también al administrador de mi base, porque agarraron una de las camionetas con ciento diez sacos de detergente y el conduce que presentó el chofer decía que transportaba cuarenta receptores de radio Selena. El chofer alegó que la carga era del administrador y éste salió por el techo.

El caso es que me vi sin salida. Ya estaba acostumbrado a ciertas comodidades, mi esposa con su segundo embarazo y el dinero ahorrado no me alcanzaba para satisfacer sus exigencias. Volví a pedir ayuda a mi padrino y me volvió a dar la luz.

Era la época de los "guaraches", unas sandalias rústicas que los artesanos vendían a precios fantásticos gracias a la escasez permanente que había en el comercio regular. Entre el Matadero Nacional y la Empresa Consolidada de Curtiduría desaparecen tantas pieles como kilogramos de carne en el camino del consumidor. Esas pieles los compraba yo para los distribuidores de los fabricantes de zapatos, cintos y carteras por cuenta propia. Luego, diversifiqué el negocio. Materia prima para el plástico de los peines, vasitos, juguetes. Tintes para los fabricantes de pintura, peróxido y potasa para las peluqueras, aceites esenciales para los perfumistas, piezas de carro para los mecánicos. Estaba en mil negocios y, cuando se fastidiaba uno, ya habían aparecido otros diez. Lo único necesario es tener algo para invertir y la disposición de meterse en negocios. El padrino siempre me ayudó con sus buenas relaciones para que no tuviera problemas con la policía. En todos estos años, ni una vez me han cogido en nada.

Pero la competencia con la familia era imposible. Me mudé para una casa y el coronel permutó por otra que estaba mejor. Me compré un Chevrolet del 54, un cacharro. Lo mejoré: chapistería, cromados originales, pintura doble capa, vestidura de canelones, reforzada con cuero, luces de neón, aire acondicionado. Era inútil, no podía competir con un carro nuevo con mantenimiento y gasolina pagados por el ministerio.

Fui aprendiendo, a lo largo de los años, que era inútil tratar de igualarme con los cuñados. Otras metas eran posibles, pero ésa, no. Cuando nos mudamos al edificio, teníamos como vecinos a dos ingenieros. Un matrimonio de mediana edad que trabajaban en la construcción de grandes obras civiles. Profesionales de nivel, debían estar nadando en plata, porque no tenían niños ni perros y trabajaban como bestias. Mi mujer les envidiaba, con menos fuerza que a su hermana, sus aparatos moscovitas, sus alfombras, las cortinas de encajes, la rebanadora, la lámpara misteriosa. Pero en menos de dos años estábamos mucho mejor que ellos, que iban en picada, sin poder renovar sus equipos y, además, se quedaron sin soviéticos al cabo de un tiempo.

Pero con el coronel no podía. Contratamos una mujer para que ayudara a mi esposa con los niños, la limpieza y la cocina; y descubrí al poco tiempo que él se beneficiaba del trabajo de tres reclutas en su casa. No tenía nada que envidiarle a mi Chevrolet, especialmente después que le dieron un Peugeot 704 en sustitución de su antiguo Lada.

Éramos amigos. Nunca me preguntó de dónde yo sacaba el dinero y yo no quise saber cómo hacía para que le dieran tantos privilegios. Un día que nos estábamos tomando unas cervezas en el jardín de su casa, me dijo que iba a pedir el retiro. "La vida militar es una mierda. Si me retiro ahora, seguiré ganando el mismo salario, por concepto de retiro y podré contratarme sin que me afecte. Sigo con el comercio militar, el sistema de estímulos, la Casa del Combatiente. Pero tendré que buscarme otra cosa que hacer, no sé en qué irá a parar el lío que hay en la Unión Soviética, pero me parece que vamos a ser nosotros los más perjudicados. Así que hay que prepararse para tiempos difíciles."

Al fin iba a poder superarlo. Como en el cuento del camaroncito duro, todo lo había hecho por mi esposa. Pero a mí era al que le tocaba remontar las diferencias. Y le garantizo que se me hacía muy difícil, con las ventajas que le daban en el ejército. Ahora sería factible, más aún: sería fácil, una vez eclipsados el ayudante, los muchachos del servicio, los bastimentos, el combustible y los transportes; superarlos, para satisfacción de mi mujer.

Sin embargo, en los próximos meses todo siguió igual y, después que desaparecieron las cosas del ejército, llegaron las mercancías extranjeras. En lugar del televisor Krim soviético, apareció un Sony Trinitron con veintisiete pulgadas de pantalla negra. Los aires acondicionados rusos fueron sustituidos por hermosos Panasonic con control a distancia. El Peugeot se llenó de adornitos: llantas cómicas con gomas inflables, cristales polarizados, reproductora de CD, timón de barco y pedales reforzados.

Luego, para emparejar algo, lo agarró una racha de mala suerte. Uno de los reclutas que habían trabajado en la casa se puso de acuerdo con un ladrón y se colaron un día en que los dueños fueron a pasárselo a la playa de Santa María. Al regreso, se encontró la casa limpia: no quedaron ni los muebles sanitarios. Él tenía dinero escondido, pero perdió una pila de cosas que uno no se encuentra por la calle. Desde la rebanadora alemana hasta las alfombras rusas. ¿Con qué plata se pueden comprar aquellos muebles que consiguió en el Ministerio de Bienes Malversados? ¿Y la tetera original que trajo de Budapest? El hombre estaba destruido. Su casa se iba a llenar de pacotilla corriente y no iba a tener viajecitos para traer souvenirs y adornos raros. La policía se puso dura y atrapó a los ladrones, pero las cosas habían desaparecido, ni plata les pudieron sacar. Resulta, que el robo fue hecho a cuenta y ni muertos iban a decir quién los mandó.

Mi esposa se pavoneaba. Los invitamos a pasar unos días en la casita del jardín, mientras amueblaban la suya y gastamos una fortuna en jugos, vegetales, cervezas, mariscos y carne, tratando de humillarlos con nuestra calidad de vida. Pero, a los pocos días de haber regresado a su hogar, mi cuñada llamó a mi esposa: iban a Bahamas en "misión comercial".

Nuevamente, la dentera puso verde a mi mujer. Si la época de los preparativos para el viaje fue una pesadilla, los años que pasaron por allá fueron los peores de mi vida. Jenny buscaba todos los medios para que viajásemos. Primero, dio en la vena de convertirnos en españoles. Yo no tengo forma, pero su madre había tenido un novio español en su juventud y ella pretendía que hubiera podido ser su hija y, con el reconocimiento del presunto padre, solicitar la ciudadanía en la embajada.

No te imaginas el poder de mi esposa. La documentación que pedían no era imposible, suponiendo que encontráramos al español y que éste aceptara completar la documentación que identificaba a Jenny como hija natural suya. Sólo teníamos su nombre. En la embajada me dijeron que ellos no podían ayudarnos a encontrar una persona, pero uno de los policías de la embajada, con quien conversé mientras estaba esperando, me dio tu tarjeta. Así fue que vine a verte aquella vez. ¿Te acuerdas de lo que me dijiste?

- Recuerdo aproximadamente tu visita, pero no lo que te dije.

- Que debía haber más de quinientos españoles que se llamaban Juan Rafael Domínguez. De ellos, no menos de cincuenta tendrían edad para ser su padre. Pero muy poco estarían en Cuba del sesenta al sesenta y tres. Una vez identificado, el problema sería saber donde reside. Con suerte podría resultar. Te pregunté el precio de tus servicios de investigador. "Yo soy periodista, no detective privado." "Y, ¿entonces?" "Nada, pero si alguien va a gastar dinero en ese asunto, ése eres tú. Quiero decir que me vas a adelantar el dinero que yo tenga que utilizar en función tuya. Lo que no se gaste, te lo devolveré junto con una lista de cómo he empleado el dinero. ¿Eso es transparente para ti?" Transparente, utilizaste esa palabra, pero yo no estaba convencido. "Mire, para mí es mejor que usted me cobre y ya." "Pero yo no voy a cobrarte por este trabajo. Tómalo en prenda de nuestra futura amistad, si te he hablado de las cuentas es porque quiero que estés claro en que no te estoy cobrando."

Amigos, no me han faltado nunca. Pero ya lo son cuando me hacen los favores, no empiezan así, sin conocerme. Esta fue una excepción y quiero que sepas que te agradezco lo que hiciste por mí aquella vez. Creo que ya te contamos lo que sucedió: El hombre estaba en Cuba, viviendo de una pensión que le pasaba el gobierno español. Dijo estar completamente seguro de que Jenny no era su hija, pero aceptó ayudarla, en memoria de su madre. Empezamos el papeleo con él y se trabó, porque, según decía, era necesario entregar su partida de bautismo y para ello era imprescindible viajar a España. Nos pidió quinientos dólares para completar el pasaje y lo acompañamos hasta el aeropuerto. Jenny lo despidió llorando, como si fuera su propio padre. Y tuvo razón en llorar, porque fue la última vez que lo vimos. Eso acabó completamente con la posibilidad de que nos convirtiéramos en extranjeros sin emigrar. "Vámonos." Me propuso. "A dónde." "En una lancha." No le respondí, pero me quedé pensando. Dos cosas. Una, que todo el dinero que me llevara se me iba a acabar el primer o segundo año. No sé nada de inglés y ya era muy viejo para empezar una nueva vida laboral. Mi modelo de negocios es inoperante en muchos países. Dos, que no iba a lograr satisfacerla jamás. El problema no radicaba en su competencia con la hermana, sino en la que tenía consigo misma, con su infancia miserable en aquel cuartucho del solar. Seguiría haciendo buenos negocios, de hecho estaba metido en uno del que iba a sacar un buen filón. Pero, nunca más, motivado por su envidia.

Así que me decidí a aplicarle la varilla, algo que no habría hecho nunca. Después, estuve un par de días sin hablarle y aproveché la coyuntura para hacerme santo. Esa fue la época en que regresaron los cuñados. Trajeron un contenedor lleno de muebles, electrodomésticos y todo lo necesario para su casa. Se había terminado su contrato, estaba en el retiro y el hombre cometió el error de creer que, teniendo todo comprado, le iban a alcanzar el retiro y los ahorros para vivir.

No resistió ni seis meses. No encontraba ninguna ocupación en la que ganara dinero suficiente. Sus colegas estaban ubicados en la vida civil, dirigiendo las empresas de lo que se llamó la economía emergente, en corporaciones, firmas, empresas mixtas, hoteles. Todos estaban pegados a buenas tetas y eran otra vez gordos brillantes, con ropa nueva y carros modernos. Menos él. Hasta que un antiguo subordinado lo colocó con un empresario de Jamaica que estaba gestionando la venta de enseres de cocina al ejército y pensó que el coronel lo ayudaría a vender.

Yo tuve una suerte tremenda. Me metí en un negocio complicado con unos amigos de mi padrino y dos españoles que estaban en Cuba. El negocio dio resultado y me llevé un par de miles. Pero después que los españoles se fueron, se formó tremendo lío, parece que hablaron demasiado, el caso es que todo el mundo desapareció de repente, dicen que la fiana se los chupó.

A mí no me tocaron, yo estaba en el medio, pero no aparecía por ninguna parte. En el sitio del depósito había un pago fuerte y me lo quedé, hasta que hubiera más noticias.

- ¿Cuándo fue eso?

- Hace diez días.

- ¿Y te sientes seguro?

- Estoy muerto de miedo. Pero no tengo dónde meterme. Si pudiera, cogería una lancha. No creo que mi padrino me saque de ésta. Aunque a lo mejor nadie me menciona y no pasa nada. Yo siempre tuve el cuidado de separar la casa de los negocios, así que nadie sabe quién soy ni dónde vivo, lo que estoy haciendo es no volver más por aquellos lugares, ni voy a tratar a ninguno con que yo me haya relacionado antes.

(Tomado de Ocupante original)