martes, julio 08, 2008

Ocupante Original

Una vez entregada Anita y las Cinco Gordas, (aún me dará trabajo, pero ya pasó lo más intenso) espero dedicar más tiempo a un proyecto en el que trabajo hace varios años (Llevo escrito poco menos de doscientas páginas). Se trata de una novela regida por el misterio, la búsqueda y el crimen. No es policiaca, tampoco es básicamente una novela “negra”.
Se trata de un hombre situado ante una entrega incomprensible: su antigua esposa le ha devuelto, sin explicaciones, la casa que ella y su nuevo compañero han restaurado y convertido en una hermosa y confortable residencia. Tratando de enterarse del sentido esta acción, accede al ordenador personal que ellos dejaron en la casa. En el mismo aparecen numerosos documentos que le permiten adentrarse en un universo conocido bajo una nueva luz.
El tema sigue siendo Cuba, sólo que aquí procuro otro ángulo. Los documentos de la computadora permiten obtener un nuevo perfil de la sociedad cubana de esta primera década del siglo.
En próximas entradas colocaré nuevos fragmentos, aquí sólo incluyo el inicio:
Memoria registrada
Tengo la llave del pesado portón de madera del edificio al que estoy entrando. Detrás, hay sólo una escalera, inclinada y rectilínea, con su descanso a mitad del recorrido, frente a una entrada oscura que da acceso a los dos apartamentos de la segunda planta y, al final, guarnecida en hierro, una linda puerta, cuidadosamente trabajada. También la abro y me encuentro ante una vivienda confortable, de puntal alto, cuyo recibidor tiene cuatro butacones revestidos con terciopelo rojo y está separado de la sala por dos columnas de mármol. Recorro la casa con un sentimiento de admiración. Nunca, en los años que viví en ella, tuvo esta apariencia de recién construida.
La calidad está en el detalle. La masilla en las paredes, las cenefas y los techos con sus diseños y colores originales, los empapelados en los cuartos, los muebles de caoba barnizada. Todo luce mejor de lo que debió lucir hace ochenta años, cuando era nueva.
Se ven anacrónicos, el televisor a colores en la sala, el reproductor de video, el equipo de música y, en uno de los cuartos, la computadora, en un escritorio de cedro claro, conectada a los inevitables módem, impresora y escáner.
La casa brilla de limpieza. Huele bien, funcionan todas las lámparas. Una cajuelita sobre la mesa del teléfono tiene un papel firmado con la fecha de hoy. Es un recibo por diez dólares por la limpieza de la casa esta semana. Según reza, la mujer que limpia viene a eso de las nueve y se va a mediodía. Hace su trabajo sin encontrar a nadie en la casa.
Voy al refrigerador. Está surtido como si los dueños siguieran aquí. Saco un refresco, me dirijo al cuarto, enciendo la computadora y en lo que se carga el Windows, salgo a registrar los escaparates. Están cerrados y no estoy de ánimos para hurgar en ellos.
Una escalera conduce a la azotea, cerrada con candado. Tengo la llave, también. Es sólida, con barandas adornadas y un cuarto de herramientas. Está atardeciendo y las palomas, molestas por mi presencia, salen a volar en círculos, buscando otro lugar donde posarse. Me gustaba venir a esta azotea para conversar por señas con unas muchachas que vivían en el edificio de enfrente, a las que nunca conseguí encontrar en la calle.
Una ligera lluvia comienza y decido bajar, cerrando bien la portezuela.

lunes, junio 23, 2008

Lastimera

Un mediodía salí de mi trabajo a comerme una pizza o el contenido de una cajita, lo cual no había decidido aún. No es precisamente mi almuerzo favorito, pero hay veces que no queda otra opción. Estaba en Miramar. Me gusta fijarme en los edificios, las calles, las personas, cuando voy caminando. A veces pienso que mirar es parte de mi trabajo, porque me vienen ideas de ver al hombre del puesto de vegetales o al botero convenciendo al policía.

Había una muchacha pidiendo "botella" en medio de una cuadra. No pude alejar mi atención de la chica. Eran contradictorios su aspecto y su posición. Las botellas se piden en las esquinas donde hay semáforo o un Pare. Si una joven se coloca en esa zona a mediados de una cuadra, no espera simplemente que la transporten. Está jineteando.

Pero la muchacha no tenía aspecto de jinetera. Era más bien fea. Desde la acera de enfrente podía divisar su rostro lleno de huellas de acné, su nariz casi porcina y su frente estrecha. Tampoco el cuerpo, regordete y desgarbado, ayudaba. Por si fuera poco, vestía sin gracia ni provocación.

Parece que entendió erróneamente mi interés y se me acercó diciendo algo que no entendía. La esperé, un poco arrepentido y, al acercarse, confirmó la impresión que desde lejos me producía su aspecto. Esto me dio confianza y la saludé con mi gesto más amable.

"Ningún carro me hace caso." "Ahí no van a parar." "Tiene razón, voy a caminar hasta un semáforo para ver si tengo más suerte."

Ya pasaron los años en que yo me creía que una veinteañera desconocida pudiera desear que yo la acompañase porque sí. Y ésta echó a andar a mi lado, con ganas de conversar. "¿Qué hora es?" Una pregunta clásica, del repertorio de las busconas. No se le ocurre otra cosa para mantener el hilo, no hay nada común entre nosotros. O habla del calor, o pide la hora.

Todavía quería mantener la ilusión de no estar tratando con una jinetera. Ella caminaba junto a mí, y se llevó la mano a la frente. "Ahora empieza a pedir." Pensé. Dio un paso en falso, se le doblaron las rodillas y casi se cae. La aguanté. "Viene con el número del hambre y la debilidad."

El escalón más bajo de las prostitutas, colindante con la mendicidad, es el formado por aquellas que les cuentan miserias a sus clientes para justificar su profesión. Pero ésta no tomó ese camino. Se recompuso y siguió caminando, de modo que su hermetismo me llevó a cometer el clásico error. "¿Te sientes mal? ¿Te puedo ayudar en algo?" "La pobre", pensé, "si lo que tiene es hambre, le compro una cajita o una pizza y ya." "No, no. Nadie me puede ayudar." Y se abrieron las válvulas de sus lagrimales.

El llanto es un misterio poderosísimo. Yo me quedé inmovilizado. Tenía deseos de salir corriendo, pero un mínimo de gentileza me obligaba a permanecer en la trampa en que había caído. La conduje a un banco en una glorieta en un parque cercano y traté de calmarla.

No fingía al llorar, aunque mintiera después en sus explicaciones. Debía sentir vergüenza de verse reducida a exponer problemas reales o ficticios para ganarse la vida. Quizás tuviera miedo de algún proxeneta cercano. Creo que como método resultaba ineficiente, el lápiz de cejas le ennegrecía toda la cara. Ella no tenía pañuelo, y no quise sacar el mío, con el que me había limpiado una mancha de grasa producida por el botero de la mañana, así que se tuvo que quedar mojada de llanto mientras me contaba sus problemas.

"Yo tengo una niña que va a cumplir dos años." Ya lo veía venir. La técnica de la niña de dos años no falla con los cincuentones. De sólo imaginársela, es capaz de romper cualquier blindaje. Si uno es insensible, puede tomar sólo el resultado. La muchacha es capaz de todo por su niña, el cliente puede aprovechar la oferta, que va a salir barata. Si no, el filántropo es un buen punto al que sacarle dinero. Una responsabilidad que puede ser endilgada. Puedes llegar hasta convertirte en abuelo postizo, hay personas que necesitan el calor humano y una joven y su hija de dos años constituyen una fuente potentísima de este tipo de energía.

Lo que sigue no está muy bien compuesto, pero tiene bastante aderezo. Ella dejó la niña al cuidado de una vecina para ir hasta el trabajo del padre de la criatura, que la abandonó cuando estaba embarazada y nunca la mantuvo ni la ha querido reconocer, a pesar de que ella era una adolescente cuando lo conoció. Su padre le advertía que ese hombre no sirve, pobre papá, murió de un tumor cerebral cuando ella tenía nueve años, vino de Angola con un balazo y nunca sospechó lo otro. Cuando se enteró, le quedaban menos de dos meses de vida. No; el que le decía que su novio no servía, era el esposo de su mamá, que después la dejó, antes de que ella también muriera de una caída por la escalera, hace dos meses. Ella estuvo un año sin trabajar ni estudiar, antes era estudiante de la UCI, pero con la barriga se vio obligada a pedir licencia y ya empezó a trabajar. El papá de la niña tiene dinero, él trabaja de gastronómico, en un Hotel, pero es un hombre malo que no quiere ni a su hija. Ella vino a verlo, pero él le dijo que no volviera, que no le iba a dar un centavo, ahora, ni después.

Mientras la muchacha hacía su historia, las lágrimas seguían rodando y los mocos acudieron a reforzar la efusión. Se me estaba yendo el horario de almuerzo y la cosa no era de las que se resuelven con una cajita, es que la niña tiene un cumpleaños y no hay ni para darle una alegría. No sé en qué momento mi coraza escéptica se empezó a resquebrajar.

A pesar del demonillo a mi oído burlándose de mí, la insidiosa compasión me incitó a dispensarle otra mirada a la chica. A imaginármela pidiendo a la vecina el pantalón de su hija, ése que no se quiere poner por "cheo". Completar su atuendo como Cenicienta, para venir, pidiendo favores, hasta el hotel donde trabaja su novio. El portero le dice que vaya por detrás y manda a avisarle para que la encuentre, aún vestido con el mono de ayudante de mantenimiento. Le aterra que le achaquen ese niño, él también es un niño y era muy joven cuando se enredaron en esa historia sorpresiva que ahora le quiere echar un terrible yugo sobre la nuca. Eludió la responsabilidad cerrando los ojos, evitó imaginarse a su hija hambrienta.

Ahora el tremendo desamparo me conmueve, como debe haber conmovido a la vecina, que tampoco pudo zafarse y cocina para dos más, a veces le cose unos trapitos a la niña para que tenga que ponerse. La madre, la pobre, no es mala, no tiene escapatoria. ¿Cómo va a trabajar, cómo va a ganarse la vida, si nadie la apoya? Recuerda cuando perdió a su madre, hace poco tiempo. Hasta temía que dejara a la niña sola en su apartamento y se lanzara al delante de una guagua.

Ya me expuso su caso y yo nada pude decir. Ella tenía razón. Cualquier ayuda sería sólo un paliativo. No conocía su nombre, ni cómo contactarla y no quería seguirme complicando. Un poco de sentido común me indicaba que no todo podía ser así, ni todo podía ser mentira. Mi deseo de ayudarla, no obstante, ya había superado mi temor a ser engañado, al ridículo.

Por suerte, yo tengo un tope para mis errores. Salgo siempre con los bolsillos medio vacíos. No es posible asaltarme y llevarse una buena suma, no puedo perder mucho dinero que se me caiga del bolsillo. No puedo comprar basura cara.

Se lo dije. "No puedo ayudarte mucho, para eso tendría que adoptarte con niña y todo. Algo para el día de hoy, sí." Y me puse a registrar mis bolsillos, porque sabía que en uno de ellos tenía diez CUC. Aparecieron, en efecto, después de comprobar que sólo me quedarían veinticinco pesos, moneda nacional, al entregarle el billete.

Hecho. La chica agarró el billete, pero no se fue. No sé si le parecía incorrecto largarse de inmediato con el fruto de su actuación. Le aclaré: era un regalo, no tenía otra cosa por hacer que irse a buscar a su hija y disfrutar como pudieran de lo que restaba del día. Por un momento me pareció que iba a llorar de nuevo, no sé si de emoción o por pensar que era un fracaso como prostituta, que no había conseguido levantar un pensamiento lujurioso en mí. Por suerte se controló y simplemente me abrazó, mojándome la cara. Quiso darme el teléfono de su vecina, para que la llamase en cualquier momento, pero me levanté y le dije que estaba apurado.

No me daba tiempo con la pizza. Me quedaban veinte pesos, el valor de una cajita, y diez minutos. Imposible almorzar. Si compraba la cajita, después tendría que pedir prestado para el regreso a casa. Sin contar que llegaría tarde del almuerzo. Un poco de hambre ayudaría a mi espíritu caritativo.

Pero, como siempre, no conseguí sentirme bien con mi caridad a medias. No resolví su problema, si es que existía. En general, no le resuelvo el problema a nadie, no me comprometo con la solución. Mi demonillo dice que es una tontería. Sólo uno puede resolver sus problemas, nadie más.

No le creo. ¿Y usted?

miércoles, junio 11, 2008

Vergüenza de la vergüenza

Una mañana fui con mis pies a Villa Maristas. Había sol y el viaje en guagua duraba más de media hora, pero mi ansiedad y juventud restaban importancia a esos detalles. En la recepción leí el nombre de un individuo y el mío. Luego de la espera, me llevaron a una pequeña habitación donde el individuo cuyo nombre había citado se reunió conmigo.

- La ciudadana ha cometido un delito de Tráfico de Divisas continuado. Para ello, organizó una red de compra y ventas de dólares procedentes de Guantánamo. Tenemos todas las pruebas necesarias y su confesión firmada.

"Nunca se puede confesar" me había dicho mi mamá algunos años antes. "En realidad, es la única prueba que pueden tener contra una." Por eso, saber de su confesión, me hizo concebir terribles temores.

- ¿Cómo está ella?

-Ha habido que atenderla a causa de su hipertensión, pero en este momento la tiene controlada. La vas a ver dentro de unos minutos, pero antes debo hablar contigo.

- Dígame.

- Nosotros sabemos que a pesar de la influencia que tus padres puedan haber ejercido sobre ti, tu eres un joven comunista y hemos obtenido buenos informes acerca de tu militancia. Debes saber que esto no te va a afectar en nada, por parte de nosotros. Lo que haya hecho tu madre no es culpa tuya. Te recomendamos que no comentes este asunto en la escuela, ni en el comité de base.

Después, hizo pasar a mi mamá al sitio donde nos encontrábamos. Recuerdo la impresión que me causó verla, claramente nerviosa y preocupada, con las señales de la reciente hipertensión, el color blancuzco, las piernas hinchadas. No llegaba a los cuarenta, pero en ese momento me pareció mayor.

- ¿Cómo está la niña? ¿Con su abuela?- Mi hermanita, que iba a crecer separada de su madre en una etapa crucial, era su primera preocupación.- Dile a mi hermana y a mi mamá que yo estoy bien, que no se preocupen por mí. ¿Todo está bien por allá?

Delante del oficial no podía preguntarle mucho. Me dijo que la habían tratado bien, que el médico la estaba atendiendo. La pregunta que me hacía era ¿cómo hicieron para que confesara?

Tuve mi respuesta, mucho después, en una de las visitas que pude hacerle a la prisión "Nuevo Amanecer". "El oficial me hizo ver que iba a continuar investigando y que otras personas de mi familia se podrían ver implicadas. Sólo de pensar en que mi mamá tuviera que pasar por esto, era suficiente para mí. Total, a ellos les basta su convicción."

Al salir de Villa Maristas, decidí esconder todo ese asunto lo más hondo que pudiera. ¿Tenía vergüenza? Eso creo. Sin embargo mi admiración y mi orgullo por mi madre estaban no sólo intactos, sino reforzados. Mi vergüenza probablemente fuera la de la víctima. Quizás, también, el temor de verme clasificado, de no ser jamás elegible, de convertirme en subpersona.

Así, pues, sepulté todo aquello en lo más profundo. Nunca lo mencionaba, apenas recordaba que en ese tiempo en que yo viajé a Alemania para competir en la Olimpiada Internacional de Matemáticas, mi mamá estaba en "Nuevo Amanecer". No lo mencioné en las planillas de la Universidad, ni en ningún otro lugar.

Pero ahora siento que lo debí haber proclamado, no mantenerme en silencio, no sentir vergüenza.

Ahora tengo vergüenza de haberla tenido.

jueves, junio 05, 2008

El Guantánamo de allá adentro.

Corría el año 90. Un grupo formado por nueve metodólogos, inspectores y profesores visitaba "la vocacional", nombre con que los guantanameros designaban al único instituto preuniversitario de la ciudad. En esa escuela había una competencia en la que participaban estudiantes de las escuelas similares de Santiago, Holguín, Las Tunas y Granma.

La "vocacional" era una construcción nunca terminada. A pesar del orgullo de sus directivos por las soluciones que habían encontrado para utilizarla, no podían dejar de mirarse las aulas con sus puertas atadas con sogas y cadenas, los asientos desvencijados y las paredes descascaradas. Todos los presentes deseábamos lo mejor para la escuela. Los anfitriones, hospitalarios compulsivos, hicieron todo lo posible para que nos sintiéramos bien. Yo miraba frecuentemente hacia el centro de la ciudad.

Por la tarde fui a las calles donde jugaba cuando niño. Caminé por lo que solía ser el mercado y ante sus muros ruinosos, sus espacios tapiados, recordé aquella mañana en que me maravillé ante una enorme sarta de cangrejos vivos que un pescador quería liquidar por dos pesos. La bruma de los tiempos no me permite establecer por qué esa vez específica regresa a mi mente para traerme de vuelta un laberinto de racimos de plátanos, cestas de marañones, pares de blancos pollos amarrados por las patas con las alas retorcidas, jicoteas, anones, piedras de hielo, y mil cosas que confundo con los mercados de las películas y los mercados agropecuarios del presente. Solía visitar mucho a ese lugar. Mi madrina vivía en una casita a la que se accedía por un pasillo lateral junto al mercado. Mi papá era el dueño de un establecimiento colindante, donde se vendía batido de frutas con leche y hielo. Lo recuerdo revisando un vaso que el dependiente había separado a causa de una presunta rajadura. Muchas cosas he olvidado y, al pasear, trataba de recuperar lo que allí había dejado.

Las calles de mi pueblo son anchas y rectas. Ésta era la zona más activa cuando yo vivía allí. Pero, en mi paseo, solo veía personas sentadas en los contenes. Nosotros decíamos que era la segunda ciudad de Cuba, aunque Santiago fuera mayor, que las muchachas de mi pueblo vestían a la moda. La heladería, frente al parque, vendía un helado de zapote que no se prueba en ningún otro lugar. En el parque estaba también la iglesia y, en la fuente, un escenario para fiestas y espectáculos. Me recuerdo una noche escuchando a los Ases interpretar La Carta, según la versión de los Fórmula V. Era, aunque no lo sabía, la última noche que debía pasar en Cuba, ya que al día siguiente mi familia junto a otras personas se lanzaría a los profundos matorrales intentando alcanzar la Base Naval, viaje condenado al fracaso. En el 90, de paseo, encontré la heladería rodeada de pasarelas de feas cabillas que intentaban guiar la fila de ansiosos comensales. La fuente, seca, posiblemente hubiera perdido la impermeabilidad durante la sequía. Mucha gente sentada en los contenes, pese al horario aún laboral, comprando ron en un "Cabaret" que hicieron en otra esquina, en la iglesia. En la Tijera, otrora orgullosa tienda por departamentos, sólo vendía bicicletas asignadas. Todavía la panadería se llamaba "El Pueblo" nombre que le puso mi padre, que no logró salvarla de la nacionalización.

El cine América estaba funcionando y no había cambiado el nombre. Pagué la entrada sólo para verlo. Unas doce personas disfrutaban de un thriller americano, aprovechando algunas de las butacas que aún conservaban el asiento. En este lugar vi por primera vez la palabra "matinée" y una película de Tarzán. Por una ventanilla interior vendían refrescos y bocaditos, cosa que no volví a encontrar hasta que abrieron una tiendecita en divisas que vendía refrescos y rositas de maíz dentro del cine Yara.

Caminé por la calle Jesús del Sol, donde se hallaba mi casa. Seguí de largo, hacia la calle Oriente, esperando ver, como antes, el paso de las aguas bajo los dos puentes. Una mañana, después del ciclón Flora, salí por primera vez para ver el Guaso crecido. Impresionante. Alcanzaba casi al Puente Negro y cubría al otro. También tapaba completamente a la Piedra, sitio predilecto en el río balneario, porque la piedra era un trampolín natural. El Guaso arrastraba en aquella ocasión árboles, pertenencias humanas, casas y cadáveres. Un hombre, atado con una soga a las ramas de un árbol en la parte de San Justo, intentaba rescatar cosas de la corriente.

No había Guaso aquella tarde. El negro cauce estaba cubierto por finas hierbas. La Piedra, semienterrada, servía para no dudar de que allí hubiera río alguna vez. Caminé hasta San Justo sin enfangarme las suelas de los zapatos.

¿Qué ha pasado con el Guaso? Lo busqué con el Google Earth y allí estaba, mostrando la sequía de su lecho rocoso. Parece que se ha convertido en un río intermitente. Al Puente Negro no pude encontrarlo, hay algo en su lugar, otro puente quizás. Dicen que ya los trenes no llegan hasta la Terminal. ¿Existirá aún el tren de Guantánamo a San Antonio? Recorría el valle, paraba en Romelié, el Salvador y otros que recuerdo muy mal. San Antonio ahora se llama Manuel Tames, pero ya no hay un central. Guantánamo, como casi toda Cuba, ya no produce azúcar. Sólo sal. En el Google hay fotos del centro de la ciudad y de las calles que paseé aquel día. Han pintado fachadas y la estación parece esperar un tren extraviado que la visite.

Aquella tarde me sentí ajeno a mi tierra. No conozco a nadie, nadie me conoce. Los sitios han cambiado, no hay donde quedarse, no hay donde comer. Mientras regresaba al hotel Guantánamo, ocupado sólo por mi grupo del Ministerio de Educación, busqué mi ciudad dentro de mí. Se que la llevo conmigo y que está profunda, muy profunda. Tanto, que no la encuentro.

La hallaré, estoy seguro. Aunque ya no sea la misma. No puede perderse la definición propia. Al Guantánamo de allá adentro regresaré algún día y deseo con todas mis fuerzas que siga vivo.

domingo, junio 01, 2008

Un Pre Marciano

Cuentan que al escritor norteamericano Ray Bradbury lo asaltaban frecuentes pesadillas. Quizás, éstas se hallaban en una zona contigua a su consciente cuando escribió Crónicas Marcianas, donde la colonización del planeta rojo, extrapolada de las colonizaciones en la Tierra, es sufrida por hombres espirituales que dan a esta novela un ambiente onírico y poético de gran belleza. Uno de sus cuentos-capítulos, llamado "El Marciano", trata de uno de estos nativos que, a causa de su capacidad de convertirse en la persona que quiere ver su interlocutor, se halla atrapado entre colonos que lo identifican sucesivamente como un hijo muerto (Tom), viviendo de nuevo por obra del amor de sus padres, como una hija perdida por otra familia que sólo anhela recuperarla, el delincuente perseguido por un policía, etc. en una serie de metamorfosis sucesivas que terminan agotando hasta la muerte al marciano.

El pasado fin de semana, en una de esas visitas a la Habana Vieja, pasé cerca del antiguo instituto preuniversitario donde estudié en mis años de bachillerato. El Pre de la Habana, le llamábamos, aunque su nombre oficial era "José Martí". Y pensé en la coincidencia de que mi escuela, al igual que el héroe que le da nombre, sufrió la suerte del marciano.

Durante más de cien años, el Apóstol ha sido utilizado por algunos de sus seguidores-admiradores como indefenso comodín. Numerosos estudios lo han convertido en activo intangible de otras tantas causas. Los "estudios" sobre su figura seguían una ruta incontestable, que metamorfoseaban al héroe sucesivamente en economista, agrónomo, estratega, liberal, carpintero, músico, políglota, dibujante, comentarista deportivo. Algo parecido ocurrió con el instituto. Algún perfeccionista del MINED pasó por allí y ¡Zas! de un golpe telepático lo convirtió en IPE municipal. Antes, alguien lo había imaginado como una Facultad Obrera y en tal lo mudaron. Secundaria Básica, Escuela de Oficios, Instituto Tecnológico, fueron otras de las conversiones del Pre. Y, como Tom, se ha transformado en una amalgama.

El edificio se construyó para escuela preuniversitario: escuela de enseñanza general, con alumnos de décimo a decimo tercero, aproximadamente. Por eso tenía aulas con pizarra mineral, acústica perfecta y pupitres originales empotrados al suelo, laboratorio de Física dotado de tubos de gases enrarecidos, máquinas de rayos, observatorio astronómico, etc., amén de otros laboratorios de química, gimnasio, biblioteca, dotación que debió mantenerse, agregando con el tiempo una red de ordenadores conectada a Internet.

No fue así. Alguien pensó que el trayecto secundaria-preuniversitario-universidad era demasiado recto y colocó un obstáculo en el camino: los preuniversitarios debían radicar en el campo. Los programas docentes, descargados una y otra vez. El trabajo agrícola es parte esencial del estudio. Jamás idea alguna ha sido tan universalmente rechazada. Poco a poco, con perseverancia digna de otra causa, fueron cerrando los institutos y trasladándolos al campo. Cuando, finalmente lo lograron, los estudiantes de secundaria y sus padres decidieron que era mejor estudiar otra cosa: gastronomía, contabilidad, electrónica y más recientemente los tecnológicos de informática, devinieron en pasarela hacia la universidad.

Así que no sólo el pre de la Habana ha pasado un morphing de sistemas escolares, también lo ha sufrido el sistema en sí. Y esta sucesión metamórfica ha devenido en lo que hoy vemos: enseñanzas primaria y secundaria impartidas por jovencísimos maestros "integrales" dotados de televisores y cintas de video, una virtualmente inexistente enseñanza preuniversitaria de donde han emigrado una parte significativa de los profesores con experiencia y un sinnúmero de institutos tecnológicos que se supone prepare a jóvenes para iniciar su vida laboral y no para cursar estudios universitarios. De manera que los centros de estudios superiores han dejado de recibir alumnos propiamente preparados con el consiguiente decaimiento de la calidad de su trabajo. Y todo esto ocurre sin que haya nadie que pueda decir cuál es la idea, qué pretenden con esto. ¿O será que no lo saben?