martes, febrero 19, 2008

Condición nacional.

"No parece que vive en Cuba." Dije, injustamente, refiriéndome a la entrada de los limones en el blog de Yoani. "¿Por qué, porque hay limones?" Me preguntó mi interlocutor, que sí que no vive en Cuba. Tuve que pensar la respuesta y me di cuenta de que no es tan fácil.

No había limones, es cierto. Yoani debió haber comprado las guayabas que le ofrecía el vendedor. Si quería adobar, podría sustituir con naranjas agrias, que últimamente aparecen más. Para aderezar, vinagre, que se vende en bolsas en cinco pesos. Para el té…

Bueno, el té es un problema, si se desea con limón. Porque las alternativas son mucho más caras y en divisas. En otros tiempos la hubieran acusado de pequeñoburguesa y ya está. Pero, el té les gustaba a los hermanos soviéticos, alemanes 'democráticos' y otros camaradas. Por otra parte, ¿de dónde sacó el té? ¿De la chópin?

Así caigo en por qué Yoani no parece vivir en Cuba. Los cubanos nos conformamos, "resolvemos". Si no hay teipe, esparadrapo. Si no, hacemos "espagueti" extrayendo el forro de un cable. O lo amarramos con una jabita de nailon, que sirve para todo: lo mismo como sellador de plomería que para proteger los zapatos en la lluvia. Cuando se acaban los recursos sustitutivos, siempre nos queda olvidar la necesidad.

Pero Yoani, no. Camina y camina. Insiste en que le vendan sus limones. Se queja de su desaparición. Se sorprende de la naturaleza efímera de los artículos del mercado. ¿Será conflictiva? ¿No comprende la maldad de los azares de la distribución que garantiza que nada falte hasta el momento en que se necesite?

El mercado cubano, incluyendo el campesino, está fuertemente intervenido. Eso significa que no funciona como si fuera un mercado. Los consumidores representan una "demanda" manejable. Actúan factores extraños, como las "entregas" de efectos electrodomésticos, las "ferias", el mercado negro y los viejitos de los portales. Los precios se suben por decreto aunque nadie esté comprando y eso provoca una avalancha de adquisición. Se prohíbe la compra de artículos populares. Etc., etc., etc.

Entonces. ¿A qué viene la sorpresa?

Quizás el problema sea generacional. Yoani es contemporánea con mi hija mayor. Deben haber estudiado juntas. Por lógica, ellas tendrían que estar más acostumbradas a la mecánica de las fallas del sistema. Sin embargo, se atreven. No deben recordar nada de los días "luminosos y tristes" del Mariel. No vieron ciertas cosas que intimidan. A lo mejor, hasta creen en la razón.

No sé. Ojalá que nadie más calle por miedo. Que todos pregunten por qué y cuánto y no acepten respuestas genéricas ni culpas extranjeras para los problemas nuestros.


 

sábado, febrero 09, 2008

El hombre que viajaba demasiado.

Cumpliendo mi promesa, incluyo en esta entrada uno de los cuentos de los personajes de mi novela "Anita y las cinco gordas", cuya publicación espero (aunque parece que no es tan inmediata como creí antes, ya que sigo revisándola y no tendré las pruebas en este mes de febrero como esperaba).

El hombre que viajaba demasiado.

En Miami, el dinero no se queda tranquilo en el banco. Por eso me propuse, desde que llegué, comprarme mi casita. Una no compra cuando tiene el dinero, sino cuando tiene buen crédito y le prestan suficiente. Así fue que a los seis años de vivir allá, utilicé la opción de compra, pagué una buena entrada y tuve una linda casa de dos cuartos con garaje. No quiero hablar de los trabajos hice en esos cinco años, pero agarré lo que apareció. Tenía dos empleos y los sábados y domingos me disfrazaba de muñecón para una compañía que pagaba cincuenta dólares por cuatro horas haciendo monerías.

El caso es que le alquilé el garaje a Estany, un cubano que acaba de llegar. Me pagaba la mitad de lo que yo tenía que liquidar mensualmente, y no me daba quehacer alguno. Casi no lo veía. Diariamente regresaba de su trabajo, buscaba unas cosas en su cuartico y salía de nuevo en su panel. Estaba muy ocupada ganándome la vida para meterme en las cosas de mi inquilino, pero las cosas mejoraron rápidamente cuando empecé a trabajar de asistenta del Doctor Jiménez, el odontólogo que después se puso de moda por los "Puentes de Fantasía, las prótesis que usted quiere que le vean" como decía el eslogan del Canal Veintitrés.

Mejoré mi salario, ya no tuve que trabajar en los otros empleos, y tenía más tiempo para pasear. Pude visitar a Mariela, mi niña, con mis tres nietos allá, en Sevilla. No me hubiera importado que mi inquilino se fuera a otro lugar, porque ya esa entrada no era tan importante y yo no quería complicaciones. Al regresar de mi viaje, fui a visitarlo. Pero no se encontraba, como de costumbre. Recuerdo que era jueves, porque yo empezaba a trabajar el lunes y me quedaba un día libre. Y porque al día siguiente me colé en su casa.

En los Estados Unidos una no puede entrar a la vivienda de otra persona sin permiso, aunque sea tu inquilino. Eso es tremendo problema. Pero yo estaba segura de que él no iba a llegar y confiaba que no se daría cuenta de mi intromisión.

Nada más que entrar, comprendí que Estany no vivía en el cuarto: no usaba la cocina, ni la cama. Dos mudas de ropa, colgadas en percheros y muchísimas bolsas, llenas de compras, regadas por toda la casa. Encima de la mesa había cajitas con transistores, terminales, filtros, un galvanómetro, mil cosas de las que no conozco el nombre y muchas herramientas. Pero no era un taller. Más bien parecía un almacén. Encima de la cama había ropa de mujer y niño. Todo nuevo.

Salí, no me fuera a sorprender. Cuando llegó por la tarde, lo vigilé desde una ventana. Entró, recogió unos bultos y se volvió a meter en su carro. No lo vi más hasta el lunes.

Dicen que la curiosidad mató al gato, pero yo no podía más. Empecé a seguirlo de lejos. El primer día lo seguí hasta que me pareció que se podía dar cuenta. El segundo día lo esperé un poco más adelante. Con paciencia, pude al fin ver hasta donde llegaba: dejar el carro en un parqueo y caminar con una mochila a la espalda y una patineta grande que parecía una tabla de surfear. Después, se sentó en la playa hasta que se hizo de noche. Y desapareció.

Dejé mi escondite para buscarlo, pero tuve que regresar sin saber dónde se metió. Casi ni dormí, creyendo que lo escucharía cuando entrara a su casa. Luego me tranquilicé. Emboscarlo. Lo esperaría en la playa y no lo dejaría escabullirse. No era un método seguro. A lo mejor iba a distintos lugares otras noches. Aunque, como hombre, debe ser un animal de costumbres.

No fallé. Tenía el escondite perfecto: un bar ranchón en medio de la arena, cerca del lugar donde él se sentó a esperar que se hiciera de noche. Yo estaba cómoda y cerca, pero la oscuridad era tanta que se me hubiera ido sin darme cuenta. Por suerte, él sacudió un palo de luz y se puso a trastear su patineta. Cuando estuvo preparada, se sentó en ella, como si fuera una moto acuática y se metió en el mar a tremenda velocidad. Sin luces, sin ruido de motor y en una tablita. ¿Hasta dónde iba?

No hubiera podido seguirlo. Necesitaría un helicóptero o un avión invisible. Tenía que ver la patineta. Pero el hombre no la dejaba en su casa, siempre la ponía en la cajuela del carro. El misterio me comía la cabeza. Un buen día tomé mi decisión: esperé a que se preparara para meterse en el mar y me le acerqué.

"¡Estany! ¡No te asustes!" "¡Señora Campos!" Me llamaba así porque allá la llaman a una por el nombre de su marido, aunque ya estaba sola en esa época. Estaba en una posición difícil: le había levantado una especie de timón a la tabla y tenía unos pedales a medio colocar. "Señora, está oscuro." "Ya lo sé. Pero necesito que me expliques." "¿Ahora?" "¿Estás apurado?" "La verdad es que sí." "Bueno, no me mientas, que ya te he visto. Por favor, visítame cuando regreses." Entonces, lo hizo delante de mí. Corrió una tapita, apretó un botón, se encendieron dos lucecitas, presionó una palanca, se sentó y puso los pies en los pedales. La tabla se deslizó sobre la arena y desapareció en la oscuridad del mar.

Me pasé la noche pensando en extraterrestres, en el Agente 007 y en Batman. Pero Estany es un cubano que vive en un cuartucho pequeño, trabaja como todos nosotros cuando llegamos de allá y es un tipo pacífico. No volvió esa noche. Por la mañana lo vi, pero me hizo un gesto de posposición con los brazos. Esperé.

Parece que salió tempranito del trabajo, porque se me apareció a media tarde. "Señora Campos. ¿Quiere hacerme una pregunta?" "¡Hombre!" "¿Y por qué cree que yo le voy a contestar?" "No, tus asuntos son cosa tuya. Yo me estoy muriendo de curiosidad y, a lo mejor, puedo hacer algo por ti. Pero, nada. Si no me quieres contar es tu derecho. Y tan amigos." Yo me hacía la indiferente, pero estaba loquita porque me contara. Él vacilaba, pero sé que estaba necesitando apoyo y le resultaría mejor tenerme de su parte para conservar su secreto.

"Yo vivo en Cuba." Lo soltó así, de golpe, como quien dice: "Yo vine en carro." Me quedé callada. El tipo está chiflado, yo soy su casera, ¿no? Como yo no decía nada, siguió con lo mismo. "Salgo de mi casa a las seis de la mañana y regreso a las siete o las ocho de la noche. Todo el mundo cree que estoy trabajando en una firma extranjera. Y es verdad, pero la firma está aquí." "Espera un poco, Estany. ¿Vas a Cuba cada noche y regresas por la mañana?" "Menos los sábados y domingos, que me quedo allá."

El hombre lo decía en serio. Si yo no lo hubiera visto meterse en el mar pensaría que estaba loco. "¿Y para qué?" "Aquí pagan mejor, pero no venimos porque mi mujer no quiere dejar a sus viejos. Mira." Lo de siempre: una foto de familia, un pastel de fiesta, dos niños de tres o cuatro años y Estany con una muchacha de pelo voluminoso. "Bueno, es una locura. Te creo. Y haces los viajes en tu carriola marina." "En realidad no es una carriola. Y es verdad que funciona sobre el mar, pero es más bien aérea." "¿Y la gasolina?" "No. No se trata de gasolina. Es un problema de conceptos." "A ver Einstein. ¿Cómo es la cosa?" "Estany, señora, yo no soy ningún Einstein." "Acaba de hablar." "El potencial gravitatorio es casi el mismo en cualquier sitio a nivel de mar. Eso quiere decir que el único trabajo necesario para desplazarse es el de vencer la resistencia de la fricción. Normalmente los vehículos tienen mucha fricción en los rodamientos, neumáticos, engranes y el viento. Los barcos tienen la resistencia del agua. Yo pensé en eliminar el rozamiento, manteniéndome en el aire, como los trenes ultrarrápidos y creando una careta aerodinámica de un plástico cristalizado para eliminar la acción del aire en el frente. Sobre esta careta se produce un pequeño campo magnético que desvía las partículas de aire y reduce el roce a niveles despreciables…" Ya me tenía mareada. Resulta, que mi Einstein era un Einstein de verdad y me estaba explicando todo aquel disparate. "Bueno, bueno. Pero, cómo se mueve." "Casi siempre por inercia, porque no produce fricción. Yo le doy un empujoncito con el pie, para romper el reposo. El tema principal es la energía. Toda la energía se consume en forma de calor, a causa del rozamiento. Pero, como le dije, lo he reducido a niveles despreciables, alimentando las fuentes magnéticas con el flujo de aire que se desliza por el costado de la máscara y sólo me queda conseguir el impulso para alcanzar la velocidad de crucero en la que se igualan la producción y el consumo de la energía calorífica para la eliminación del roce…" "¡Oiga, esto no es un Fórum de Ciencia y Técnica! ¡Hable claro…!" "Es sólo una descomposición de la fuerza gravitatoria, obteniendo una componente horizontal…" "De acuerdo. Inventaste la carriola del siglo veintiuno. Ahora entiendo menos que antes, pero no importa. ¿A dónde vas cada noche?" "A Cuba, se lo juro. El caso es que el invento es mío, pero lo hice como un chivo, allá en el Taller de Electrónica. La pieza más importante es el Torsor de Campo." "¿Y esa te la robaste? Espera, no me contestes. Mejor dime. A ver. Tú tienes permiso de trabajo. Por lo tanto, te presentaste a la migra. ¿Cómo viniste?" "En carriola. Pero conté que se me había hundido la lanchita." "Y…, cuando le avisaron a Inmigración cubana…" "Fueron a la casa y me encontraron allí. Yo les dije que era un error. Mira, yo gano más de mil doscientos dólares al mes. Quitando el alquiler y otros gastos bobos, puedo llevar a mi casa más de ochocientos mensuales. Con ese salario soy rey en Cuba. Todos los días llevo una jabita a mi casa y todos felices." "¿Tu familia sabe que trabajas aquí?" "¡No! ¡Qué va! Yo no me atrevería a decírselo." "¿Y no tienen el teléfono de tu trabajo? ¿Y si pasa algo y te quieren localizar…?" "Yo les tengo dicho que no me llamen. Mi trabajo es secreto, con unos judíos que están en Cuba, pero no quieren que se sepa. Por si acaso, compré una línea y le activé el desvío de llamadas. Si alguien marca mi número, la comunicación se redirige al celular de aquí." "¿Tú te imaginas la cantidad de dinero que estás dejando de ganar? ¿Por qué no vendes el invento o montas una compañía para fabricarlo en serie? ¿No le habrás copiado la idea a alguien…?" "Le juro que todo es mío, y lo puedo demostrar. Además, nadie ha patentado ninguna de estas ideas, ya lo revisé. El Torsor, no he podido conseguir que angule más de diez grados. Tengo que usar cuatro juegos de torsores: tres para antigravitar y uno como impulsor. Son ochenta y un torsores de diez grados en total. Me costó Dios y ayuda fabricarlos en la Habana. Ya, está bien. No sigo hablando del invento, nunca se lo había contado a nadie. No puedo dejar a mi familia allá." "Tráelos a todos. ¡Con el dinero que te daría eso…!" "Es que los suegros son viejitos. Mi suegro siempre está ingresado." "¡Médicos! La medicina gratis sólo les interesa a los pobres, pero tú vas a ser millonario. Aquí los atenderían los mejores médicos, con todas las medicinas y equipos que hagan falta. Con dinero todo se puede, lo importante ahora es aprovechar la oportunidad." "Bueno, no le digas nada a nadie, voy a pensar qué hago." "Véndeme unas libras." "¿Cuántas?" "Cinco" "Dale."

Una siempre tiene algo esperando para mandar a la familia, pero esa vez me cogió de sorpresa. Como todas las hermanas usamos la misma talla, hice un bulto con ropa mía, la más nueva que tenía y completé con medicinas. Le di el paquete con los setenta y cinco dólares y la dirección de Teresa. "¡No dejes de venir mañana!" "¡Seguro!"

Una semana después, había mandado tres paquetes y ya sabía que el método funcionaba. Invité a Estany a visitarme y le hice una propuesta: "Te pago quinientos por viaje, si te llevas cuarenta libras." "¿Y usted tiene tanto para mandar?" "No, pero conozco a muchos cubanos que están locos por enviar unas libritas. Agarro el teléfono y, listo." "¿Y allá?" "¿Qué?" "¿Cómo las repartirás?" "Que vayan a buscarlas." "No creo que sea buena idea. Mejor sería tener a alguien que se ocupe de eso." "Creo que ya sé quien puede hacerlo."

Se corrió la voz de que yo tenía un "mula" diario y, en unas semanas, ya no daba abasto. La gente se creía que tenía una conexión con un piloto de aerolínea y se desbocaron a traer cosas. Estany contrató a un tipo en la Habana que pagaba cinco CUC cada noche para utilizar un carro como taxi. Pero ya no tuvo que transportar pasajeros, sólo los paquetes de Estany. Dejé mi trabajo para dedicarme a su negocito, que me rendía más de cuatrocientos a la semana. Él no quería dejar el suyo. Una tarde le pregunté: "¿Tú crees que podrías llevar más libras?" "Bueno, estaba pensando en agregarle un carrito lateral. Pero necesitaría cincuenta y cuatro torsores más." "Y, ¿de dónde los sacamos?" "No, hay que hacerlos. Además, tengo ideas nuevas que quiero probar. Necesito que me compres unas cosas, la verdad es que no me alcanza el tiempo."

Así que convirtió su cuarto en un taller y la cuenta de electricidad subió catastróficamente. Una tarde me llamó: "Mira esto. Súbete." Era una tabla gruesa, con refuerzos plásticos y una especie de parabrisas en una de los lados. Me paré sobre la tabla y él apretó un botoncito rojo situado cerca del extremo. Por poco me caigo. La plataforma se elevó a la altura de la cama. "Ahora, ésta es la mula." Así fue que elevamos la carga hasta las cien libras. Y yo le pagaba mil dólares por viaje.

En esa época terminé de pagar mi casa, aprovechando la entrada de dinero y también invertí en bonos del gobierno, que no dan tanto margen, pero son los más seguros. Le propuse a Estany asociarnos. Alquilamos una nave, compramos herramientas, equipos y materiales. Y fabricamos torsores mejorados. Eran más potentes, de treinta grados y podían trabajar dentro del agua. La ventaja era la posibilidad de flotar cuando hubiera curiosos. Pero Estany no quiso patentarlos, ni venderlos. Pero sí dejó el empleo. Le dijo a su familia en Cuba que estaba trabajando de noche y eso era lo que hacía: dar dos viajes cada noche. El pobre, ganando tanto dinero, estaba flaco, ojeroso. La verdad es que yo no tenía idea de cómo empleaba los diez mil semanales que recibía.

Parecía un fantasma. Flaco, mal vestido, siempre apurado. Llegaba al anochecer, con los ojos turbios, a pedirme las libras. Yo lo llevaba hasta la playa para esperar a que se fuera. Metía la próxima carga en su casa y me iba a dormir. Casi siempre escuchaba el sonido de su puerta al salir y lo veía desaparecer por la madrugada camino a su segundo viaje.

A veces, más o menos una vez a la semana, se pasaba el día en el taller. Almorzábamos juntos y me hablaba de su gente en Cuba, de los problemas de los niños en la escuela. "Yo no quiero ser inventor. Ni millonario." "Discúlpame, Estany. Si inventaste una cosa tan compleja, debes ser súper inteligente. A lo mejor no te gusta el trabajo de los talleres. Pero ¿a quién le molesta el dinero? Si a un rico le da la gana de ser sencillo, puede ser sencillo hasta que se canse. Si quiere dormir en la calle, puede dormir en la calle. Pero, ¿Por qué no vivir bien? ¿Para qué ponerse en peligro?" "No quiero que se me complique la vida. No quiero separarme de mi mujer, ni que haya otra gente metida en mi casa. Tengo miedo a que se conozca mi invento y entonces no pueda librarme de los curiosos, los periodistas, los buscavidas." "De todo te puedes librar, si quieres. El dinero abundante es la mejor garantía de vivir como a uno le gusta." El taller se iba llenando de cacharros y torsores. "¿No has inventado ninguna otra cosa?" "¿Otra cosa como qué? Se me ocurren muchas ideas, pero las guardo para tiempos futuros. A lo mejor te sorprendo, pero después de que mi horario se regularice."

Dicen que la doble vida agota. Imagínense llevarla con el Estrecho de la Florida por el medio. No por las patrulleras de uno y otro lado. Él las veía en su pantalla y le era fácil evitarlas. Además, no llevaba motores ni luces y aún le quedaba la posibilidad de pretenderse un surfista si era visto cerca de la orilla. El viaje en sí no se demoraba mucho, pero las precauciones para salir y para desembarcar le duplicaban el tiempo. Me propuse atenderlo: le compré algo de ropa buena, con la obligación de utilizarla; un traje isotérmico para sus travesías, le preparaba un termo de café para cuando llegara de madrugada; le llevaba almuerzo al taller. También le pedí algunas mejoras para su tabla, pero no quiso hacerme caso. "Lo que me interesa es que el viaje sea rápido y seguro." Un viernes por noche se llevó todos los torsores que había fabricado. No apareció hasta el lunes.

"Esta noche traigo a mi familia." Me lo soltó así, de sorpresa. "¿A toda la familia?" "A toda: los niños, mi mujer, los suegros, mi papá, su esposa, mi hijo del primer matrimonio y el perro." "¿Y todos quieren venir?" "Todos, ya están de acuerdo." "¿Y saben que vienen en carriola?" "Bueno, ellos no le van a llamar así. Realmente no se imaginan cómo es, pero saben que es un invento mío y que es seguro." "¿Y es seguro?" "¿Tienes idea de cuántos viajes he dado sin que pase nada?" Lo cierto es que eran muchos. Nos habíamos convertido en gente adinerada gracias a sus viajes nocturnos. Llamé a los clientes para decirles que esa noche no habría entrega. Él necesitaba la plataforma para llevar torsores, piezas y herramientas.

Esa vez se demoró más que nunca. Yo estaba en la playa, encaramada en un mirador con mis gafas de infrarrojo vigilando el horizonte por la zona en que siempre aparecía, pero se hizo de día sin que llegara. Temprano en la mañana no hay problemas, pero a medida que aclaraba iban arribando los bañistas a la playa. Todavía estaba relativamente despoblada cuando los vi venir. Muchos de los que estaban en la arena se levantaron, señalando al mar.

A una velocidad terrorífica, a la vista de todos, flotando a pocos centímetros del agua, venía la familia de Estany en tres carriolas, dos camas dobles (una de ellas con una botella de suero que colgaba de un palo con un ganchito en la punta), dos bicicletas infantiles, una cesta de supermercado (con el perro acurrucado en el fondo) y un escaparate sin tripulación. Y así llegaron hasta la arena antes de que los guardacostas hubiesen tenido tiempo de reaccionar.


 

domingo, febrero 03, 2008

Devuélvanme a Susana.

"¿Por qué te has ido? ¿Qué fuga es esa?
Cimarronzuela de rojos pies."

Aunque nunca he compartido la idea del derecho o la conveniencia de desvanecer de los medios a los trásfugas célebres, esta vez me siento más agraviado de lo habitual. La posibilidad de que la televisión cubana pierda otra página de su historia (o al menos la extravíe por un tiempo) me resulta tan desagradable como la muerte en una guerra en que ya se han depuesto las armas.

La "linda señora María" volverá a nuestra pantalla. Son tantos y tan esenciales los que han tomado su camino, que no podrían reponerse filmes, telenovelas o seriales sin que aparezca la calva de Miravalles, la barriga de Casín o la inseguridad chillona de Veloz o cualquiera entre la multitud de actores cubanos que han partido a otras tierras más propicias a la farándula. Susana, partida, quizás, con el "alma muerta", fue demasiado importante y extensa para ser borrada. Susana, que llenó la escena de belleza en todas sus etapas, que deja su estilo en tantos personajes, no puede simplemente desaparecer.

No están solos los actores. Aunque nos limitáramos al estrecho grupo de las celebridades, podemos hacer una lista extensísima. Pudiéramos incluir animadores, compositores, cantantes, trompetistas, percusionistas, bailarines, pintores, peloteros, futbolistas, boxeadores, saltadoras, voleibolistas, escritores, políticos.

Son una exigua minoría. Los famosos son escasos, la fama no tendría sentido si no fuera así. Pero todos perdemos con esta sentencia de muerte escénica que se ejecuta en cada "tórtola" que "al monte ha ido y allá quedó".

¿Es más pobre Sandoval porque ya no podamos escuchar sus "solo"? ¿Cuánto pierde el "Duque" porque no se transmitan sus momentos de gloria en la Serie Mundial por la televisión de su país? ¿Le pagarán menos a los boxeadores cubanos porque en Cuba no sepamos de sus peleas? No se trata, claro, de castigarlos en sus bolsillos. Legalmente, no se les puede castigar de ninguna forma.

¿De qué se trata? ¿De castigar a los que no nos fuimos? ("¡Ahora no vas a ver el Show de fin de año!") Es la impresión que produce en ocasiones. ¿O de que no veamos cómo son, qué piensan? (Le sería un poco difícil a Galindo, entre pase y falta, contarnos del auto deportivo que lo espera en el parqueo).

Puestos a justificar, aparecen insultos, descalificaciones, declaraciones de principios, propiedad sobre los medios, soberanías y ninguna razón. Porque ninguna serviría, de todas formas, para negarnos nuestra historia. Para que no nos permitan disfrutar o sufrir con los éxitos y fracasos de aquellos que tuvieron su instante de gloria y no queremos olvidar.

Si no quieren seguir con nosotros, la única posición digna es dejarlos ir, apoyarlos, ayudarlos hasta donde sea posible. Quizás lamentarlo, como Milanés: "aunque la lloro la apruebo yo".

Ya el esquema de borrado está obsoleto. Ya seguimos al tanto de sus vidas, los vemos envejecer, sabemos de ellos. Es inútil el empeño. Déjenla estar, devuélvanla.

sábado, febrero 02, 2008

Documentos de Zamudio.

Es un personaje cuya desaparición, difícilmente explicable, es el origen de mi cuarta novela. Se trata de un periodista, cubano nacionalizado español, que ha dejado escondidos muchos documentos en su computadora. Éstos son de todos los géneros, incluyendo algunos inclasificables, descargas o apuntes, y otros están perfectamente enmarcados y presumiblemente el escritor haya intentado (o lo esté haciendo aún) publicarlos.

Algunos de los cuentos de Zamudio fueron incluidos en Ternera Macho. Hay otros en este blog. Dejo a mis lectores uno de sus escritos sin tratar de clasificarlo.

Sin Medida

No hay exageración en el deseo.

En su presencia, toda mi piel es eréctil. Un orgasmo continuo recorre mis entrañas desencadenado por su cercanía.

El placer que me produce su imagen es enorme. Por más que me aplique a mirarla, no se acaba. Por eso, he decidido confiscar los fotones que reboten en su cuerpo. Los quiero todos: los que, procedentes del sol, han tropezado muchas veces en el aire; los que parten de las lámparas fluorescentes de su cuarto, sala o baño y retumban energizados luego de besar su epidermis; los que se lograron colar bajo sus ropas, y salen moribundos a estrellarse contra el suelo, después de colisionar con su piel oculta. Los quiero todos, la haré invisible para los demás, no quiero perderme ni uno de esos fotones bendecidos por el contacto con su superficie.

Pero no basta.

Tampoco quiero perderme ninguno de los átomos que salen de ella. Los que expele, mezclados con el aire, los que vierte, los que excreta. Todos los quiero, para tener sus sabores, sus olores. Y sentirlos.

Sigue siendo insuficiente.

Sólo el tacto es la realización total. Debo tocar su cuerpo con todos mis sensores táctiles. Para eso, voy a penetrar en ella profundamente, no voy a dejar nada fuera. Y, mientras, la besaré con fuerza, todo mi cuerpo apretándola, mi lengua llegará a su garganta, mis muelas chocarán con sus muelas. Mi pecho apachurrará el suyo hasta que revienten sus senos. Los dos estallaremos. La piel, presionada por todas partes, se quebrará, dejando los músculos, el tejido adiposo, los nervios, todo al descubierto, mientras nos comprimimos. Los huesos se pulverizarán, los órganos se compactarán y los tejidos blandos, musculares, conectivos, adiposos, membranas, sangre, linfa, toda nuestra materia orgánica, molida, homogeneizada, se combinará indistinguiblemente.

Y querré más.

martes, enero 29, 2008

La población

Desde los primeros años de reinado, Atilio I había comprendido la necesidad de utilizar a los plebeyos para contener a los aristócratas. Esto le fue sugerido por un colaborador cercano, que le mostró con ejemplos sencillos la mecánica del poder. "No deben existir fuerzas internas, por muy convenientes que parezcan, que no puedan ser destruidas por otras fuerzas. El poder lo tiene quien sea capaz de desencadenar las reacciones de las distintas capas de la sociedad." "El gobernante no conoce más interés que conservar su dominio. No puede representar a ningún grupo. Todas sus alianzas son efímeras y tiene que cuidarse de ser quien las rompa." "No dejes a un enemigo moribundo, ni a sus herederos vivos."

Comenzó una activa política de aproximación a los villanos, labriegos y artesanos. Todo siervo podía acudir a un paje a presentar una reclamación contra su señor. Proclamándose protector de los plebeyos consolidó las bases de un dominio permanente, sólo destruible desde afuera. Al impedir los castigos más fuertes y las condiciones más inhumanas que podrían destinar los señores a sus siervos, provocó la pérdida de la servidumbre, sin necesidad de imponerlo mediante ukase real. Gracias al espionaje, las medidas arbitrarias, la falta de trabajadores y la incapacidad de los señores para enriquecerse en una situación tan insegura, el Trono emergió como la única fuerza activa en el Reino.

La pobreza se extendió desde las chozas al borde de los campos antiguamente cultivados hacia las mansiones señoriales. Penas crudelísimas se impondrían a quienes atentaran contra la propiedad real o la de alguno de los principales pajes. En cambio, se enviaron recaudadores a las casas de los señores nuevos o antiguos que habían caído en desgracia por razones intricadas, con órdenes de decomiso de todo bien transportable. Éstos se repartían entre los sectores más necesitados, consiguiendo una notable disminución de la mortalidad por causas relacionadas con la miseria extrema. Por otra parte, la dinámica social se volvió incomprensible. Nadie en el Reino podía presumir de haber encontrado un método para prosperar. El cultivo de la tierra y la cría de animales, vías tradicionalmente seguras aunque lentas fueron intentadas una y otra vez, con persistencia animal y siempre tropezaban con sucesos o nuevas reglas que inutilizaban el intento.

A pesar de la inconveniencia, y de algunos fiascos atribuidos a malas interpretaciones, terminó por imponerse como norma de conducta la de no hacer nada sin una orden real transmitida a través de los pajes. Al Rey le encantaba la caridad y podía ser espléndido con sus súbditos empobrecidos.

Con los años, la antigua solvencia se convirtió en una leyenda sin fundamento. Cuando dejaron de perseguir a los agricultores, habían desaparecido las especies cultivables comunes y los animales susceptibles de utilizarse como ganado. A pesar de haber vivido el período de paz más largo que se conociera, el Reino parecía siempre acabado de salir de una devastadora guerra.

En el Virreinato, las cosas debían cambiar. "Debemos ocuparnos de la Población." Decían las Princesas. "Ahora nos toca a los jóvenes." Decía Etyán.

Se habían repartido el país en provincias y eran los únicos intercesores en sus territorios respectivos. Aunque pendientes de la supuesta aprobación del monarca, su autoridad era indiscutida. Las virreinas se esforzaban por superar a Etyán, que había conseguido éxitos notables gracias a los consejos de un grupo de amigos a los que solía llamar "la cámara". Estos éxitos se basaban en algunas disposiciones que implantó con energía inagotable: primero, declarar obligatorio el trabajo para toda la "población" so pena de ser privados de los alimentos que graciosamente el Virrey repartía cada lunes. Segundo, entregar terrenos en parcelas equivalentes a todas las familias seleccionadas para ello por el número de hijos varones y la edad de los padres. Estas familias debían cultivar verdolaga, habichuelas y zanahorias, únicos que habían podido ser "rescatados" y entregar cuotas elevadas a los recaudadores que los repartirían a toda la población. La tercera disposición fue fomentar la cría intensiva de garzas, cuervos y cigüeñas, ya que no fue posible encontrar animales de pelo para iniciar la ganadería. A pesar del escepticismo y las burlas solapadas de algunos guasones, en pocos años hubo aves suficientes para alejar la hambruna. Nuevas tradiciones de alta cocina permitieron encontrar recetas y sazones que corrieron de mano en mano. La abundancia de ejemplares y las técnicas de recolección de huevos, suplieron ventajosamente la delgadez de las extremidades y la pechuga de aquellas aves.

Como los súbditos se reproducían lentamente, el reino estaba envejeciendo. Quedaban pocas casas antiguas, muchas tradiciones y conocimientos habían perdido su utilidad y desaparecieron sin dejar rastro. Pocos recordaban aún su origen familiar, su estatus anterior al nuevo reino. Señores, artesanos, campesinos, siervos y pajes se habían fundido en un único grupo: la Población. El club de los pajes se mantenía un escalón por encima del resto, pero la frecuencia de sus defenestraciones no les permitía formar una capa diferenciada. Sólo vivían de forma distinta la familia real y un pequeño grupo de cortesanos estables. El único lugar donde quedaban cerdos, venados y pollos, era la finca del monarca, en cuyo huerto había vegetales exóticos ya olvidados completamente por la población.

Una mañana, el monarca no pudo presentarse al desayuno. Las Princesas Primorosas y Etyán, obligados por real voluntad, desayunaron sin su presencia. Después, se dirigieron a los aposentos del soberano, pero éste había dado órdenes de no permitirles la entrada. Etyán convocó a las mujeres en el jardín.

- ¿Alguna de ustedes sabe qué pasa?

- Yo creo que papi está muy enfermo. Si no, no nos hubiera dejado sin saber qué pasa.

- ¿Qué hacemos?

- Por ahora, seguir como si nada. Él debe comunicarse con nosotros.

- No, no. No podemos perder tiempo. Hay que saber. ¿Tenemos a alguien que pueda darnos noticias?

- El médico. Esperen… ¡Yasmín! ¿Has visto al Barajbe?

- No. Nadie lo ha visto.

- Debe estar con el Rey.

- ¡Voy a entrar!

- Mejor, no. ¿Si está bien y no quiere que lo molesten?

Después de un rato de deliberaciones, se retiraron. Pero a media tarde, sin acordarlo, estaban de regreso. El Rey continuaba sin dejarse ver.

(Continúa con…)

Mitos y leyendas.