sábado, febrero 09, 2008

El hombre que viajaba demasiado.

Cumpliendo mi promesa, incluyo en esta entrada uno de los cuentos de los personajes de mi novela "Anita y las cinco gordas", cuya publicación espero (aunque parece que no es tan inmediata como creí antes, ya que sigo revisándola y no tendré las pruebas en este mes de febrero como esperaba).

El hombre que viajaba demasiado.

En Miami, el dinero no se queda tranquilo en el banco. Por eso me propuse, desde que llegué, comprarme mi casita. Una no compra cuando tiene el dinero, sino cuando tiene buen crédito y le prestan suficiente. Así fue que a los seis años de vivir allá, utilicé la opción de compra, pagué una buena entrada y tuve una linda casa de dos cuartos con garaje. No quiero hablar de los trabajos hice en esos cinco años, pero agarré lo que apareció. Tenía dos empleos y los sábados y domingos me disfrazaba de muñecón para una compañía que pagaba cincuenta dólares por cuatro horas haciendo monerías.

El caso es que le alquilé el garaje a Estany, un cubano que acaba de llegar. Me pagaba la mitad de lo que yo tenía que liquidar mensualmente, y no me daba quehacer alguno. Casi no lo veía. Diariamente regresaba de su trabajo, buscaba unas cosas en su cuartico y salía de nuevo en su panel. Estaba muy ocupada ganándome la vida para meterme en las cosas de mi inquilino, pero las cosas mejoraron rápidamente cuando empecé a trabajar de asistenta del Doctor Jiménez, el odontólogo que después se puso de moda por los "Puentes de Fantasía, las prótesis que usted quiere que le vean" como decía el eslogan del Canal Veintitrés.

Mejoré mi salario, ya no tuve que trabajar en los otros empleos, y tenía más tiempo para pasear. Pude visitar a Mariela, mi niña, con mis tres nietos allá, en Sevilla. No me hubiera importado que mi inquilino se fuera a otro lugar, porque ya esa entrada no era tan importante y yo no quería complicaciones. Al regresar de mi viaje, fui a visitarlo. Pero no se encontraba, como de costumbre. Recuerdo que era jueves, porque yo empezaba a trabajar el lunes y me quedaba un día libre. Y porque al día siguiente me colé en su casa.

En los Estados Unidos una no puede entrar a la vivienda de otra persona sin permiso, aunque sea tu inquilino. Eso es tremendo problema. Pero yo estaba segura de que él no iba a llegar y confiaba que no se daría cuenta de mi intromisión.

Nada más que entrar, comprendí que Estany no vivía en el cuarto: no usaba la cocina, ni la cama. Dos mudas de ropa, colgadas en percheros y muchísimas bolsas, llenas de compras, regadas por toda la casa. Encima de la mesa había cajitas con transistores, terminales, filtros, un galvanómetro, mil cosas de las que no conozco el nombre y muchas herramientas. Pero no era un taller. Más bien parecía un almacén. Encima de la cama había ropa de mujer y niño. Todo nuevo.

Salí, no me fuera a sorprender. Cuando llegó por la tarde, lo vigilé desde una ventana. Entró, recogió unos bultos y se volvió a meter en su carro. No lo vi más hasta el lunes.

Dicen que la curiosidad mató al gato, pero yo no podía más. Empecé a seguirlo de lejos. El primer día lo seguí hasta que me pareció que se podía dar cuenta. El segundo día lo esperé un poco más adelante. Con paciencia, pude al fin ver hasta donde llegaba: dejar el carro en un parqueo y caminar con una mochila a la espalda y una patineta grande que parecía una tabla de surfear. Después, se sentó en la playa hasta que se hizo de noche. Y desapareció.

Dejé mi escondite para buscarlo, pero tuve que regresar sin saber dónde se metió. Casi ni dormí, creyendo que lo escucharía cuando entrara a su casa. Luego me tranquilicé. Emboscarlo. Lo esperaría en la playa y no lo dejaría escabullirse. No era un método seguro. A lo mejor iba a distintos lugares otras noches. Aunque, como hombre, debe ser un animal de costumbres.

No fallé. Tenía el escondite perfecto: un bar ranchón en medio de la arena, cerca del lugar donde él se sentó a esperar que se hiciera de noche. Yo estaba cómoda y cerca, pero la oscuridad era tanta que se me hubiera ido sin darme cuenta. Por suerte, él sacudió un palo de luz y se puso a trastear su patineta. Cuando estuvo preparada, se sentó en ella, como si fuera una moto acuática y se metió en el mar a tremenda velocidad. Sin luces, sin ruido de motor y en una tablita. ¿Hasta dónde iba?

No hubiera podido seguirlo. Necesitaría un helicóptero o un avión invisible. Tenía que ver la patineta. Pero el hombre no la dejaba en su casa, siempre la ponía en la cajuela del carro. El misterio me comía la cabeza. Un buen día tomé mi decisión: esperé a que se preparara para meterse en el mar y me le acerqué.

"¡Estany! ¡No te asustes!" "¡Señora Campos!" Me llamaba así porque allá la llaman a una por el nombre de su marido, aunque ya estaba sola en esa época. Estaba en una posición difícil: le había levantado una especie de timón a la tabla y tenía unos pedales a medio colocar. "Señora, está oscuro." "Ya lo sé. Pero necesito que me expliques." "¿Ahora?" "¿Estás apurado?" "La verdad es que sí." "Bueno, no me mientas, que ya te he visto. Por favor, visítame cuando regreses." Entonces, lo hizo delante de mí. Corrió una tapita, apretó un botón, se encendieron dos lucecitas, presionó una palanca, se sentó y puso los pies en los pedales. La tabla se deslizó sobre la arena y desapareció en la oscuridad del mar.

Me pasé la noche pensando en extraterrestres, en el Agente 007 y en Batman. Pero Estany es un cubano que vive en un cuartucho pequeño, trabaja como todos nosotros cuando llegamos de allá y es un tipo pacífico. No volvió esa noche. Por la mañana lo vi, pero me hizo un gesto de posposición con los brazos. Esperé.

Parece que salió tempranito del trabajo, porque se me apareció a media tarde. "Señora Campos. ¿Quiere hacerme una pregunta?" "¡Hombre!" "¿Y por qué cree que yo le voy a contestar?" "No, tus asuntos son cosa tuya. Yo me estoy muriendo de curiosidad y, a lo mejor, puedo hacer algo por ti. Pero, nada. Si no me quieres contar es tu derecho. Y tan amigos." Yo me hacía la indiferente, pero estaba loquita porque me contara. Él vacilaba, pero sé que estaba necesitando apoyo y le resultaría mejor tenerme de su parte para conservar su secreto.

"Yo vivo en Cuba." Lo soltó así, de golpe, como quien dice: "Yo vine en carro." Me quedé callada. El tipo está chiflado, yo soy su casera, ¿no? Como yo no decía nada, siguió con lo mismo. "Salgo de mi casa a las seis de la mañana y regreso a las siete o las ocho de la noche. Todo el mundo cree que estoy trabajando en una firma extranjera. Y es verdad, pero la firma está aquí." "Espera un poco, Estany. ¿Vas a Cuba cada noche y regresas por la mañana?" "Menos los sábados y domingos, que me quedo allá."

El hombre lo decía en serio. Si yo no lo hubiera visto meterse en el mar pensaría que estaba loco. "¿Y para qué?" "Aquí pagan mejor, pero no venimos porque mi mujer no quiere dejar a sus viejos. Mira." Lo de siempre: una foto de familia, un pastel de fiesta, dos niños de tres o cuatro años y Estany con una muchacha de pelo voluminoso. "Bueno, es una locura. Te creo. Y haces los viajes en tu carriola marina." "En realidad no es una carriola. Y es verdad que funciona sobre el mar, pero es más bien aérea." "¿Y la gasolina?" "No. No se trata de gasolina. Es un problema de conceptos." "A ver Einstein. ¿Cómo es la cosa?" "Estany, señora, yo no soy ningún Einstein." "Acaba de hablar." "El potencial gravitatorio es casi el mismo en cualquier sitio a nivel de mar. Eso quiere decir que el único trabajo necesario para desplazarse es el de vencer la resistencia de la fricción. Normalmente los vehículos tienen mucha fricción en los rodamientos, neumáticos, engranes y el viento. Los barcos tienen la resistencia del agua. Yo pensé en eliminar el rozamiento, manteniéndome en el aire, como los trenes ultrarrápidos y creando una careta aerodinámica de un plástico cristalizado para eliminar la acción del aire en el frente. Sobre esta careta se produce un pequeño campo magnético que desvía las partículas de aire y reduce el roce a niveles despreciables…" Ya me tenía mareada. Resulta, que mi Einstein era un Einstein de verdad y me estaba explicando todo aquel disparate. "Bueno, bueno. Pero, cómo se mueve." "Casi siempre por inercia, porque no produce fricción. Yo le doy un empujoncito con el pie, para romper el reposo. El tema principal es la energía. Toda la energía se consume en forma de calor, a causa del rozamiento. Pero, como le dije, lo he reducido a niveles despreciables, alimentando las fuentes magnéticas con el flujo de aire que se desliza por el costado de la máscara y sólo me queda conseguir el impulso para alcanzar la velocidad de crucero en la que se igualan la producción y el consumo de la energía calorífica para la eliminación del roce…" "¡Oiga, esto no es un Fórum de Ciencia y Técnica! ¡Hable claro…!" "Es sólo una descomposición de la fuerza gravitatoria, obteniendo una componente horizontal…" "De acuerdo. Inventaste la carriola del siglo veintiuno. Ahora entiendo menos que antes, pero no importa. ¿A dónde vas cada noche?" "A Cuba, se lo juro. El caso es que el invento es mío, pero lo hice como un chivo, allá en el Taller de Electrónica. La pieza más importante es el Torsor de Campo." "¿Y esa te la robaste? Espera, no me contestes. Mejor dime. A ver. Tú tienes permiso de trabajo. Por lo tanto, te presentaste a la migra. ¿Cómo viniste?" "En carriola. Pero conté que se me había hundido la lanchita." "Y…, cuando le avisaron a Inmigración cubana…" "Fueron a la casa y me encontraron allí. Yo les dije que era un error. Mira, yo gano más de mil doscientos dólares al mes. Quitando el alquiler y otros gastos bobos, puedo llevar a mi casa más de ochocientos mensuales. Con ese salario soy rey en Cuba. Todos los días llevo una jabita a mi casa y todos felices." "¿Tu familia sabe que trabajas aquí?" "¡No! ¡Qué va! Yo no me atrevería a decírselo." "¿Y no tienen el teléfono de tu trabajo? ¿Y si pasa algo y te quieren localizar…?" "Yo les tengo dicho que no me llamen. Mi trabajo es secreto, con unos judíos que están en Cuba, pero no quieren que se sepa. Por si acaso, compré una línea y le activé el desvío de llamadas. Si alguien marca mi número, la comunicación se redirige al celular de aquí." "¿Tú te imaginas la cantidad de dinero que estás dejando de ganar? ¿Por qué no vendes el invento o montas una compañía para fabricarlo en serie? ¿No le habrás copiado la idea a alguien…?" "Le juro que todo es mío, y lo puedo demostrar. Además, nadie ha patentado ninguna de estas ideas, ya lo revisé. El Torsor, no he podido conseguir que angule más de diez grados. Tengo que usar cuatro juegos de torsores: tres para antigravitar y uno como impulsor. Son ochenta y un torsores de diez grados en total. Me costó Dios y ayuda fabricarlos en la Habana. Ya, está bien. No sigo hablando del invento, nunca se lo había contado a nadie. No puedo dejar a mi familia allá." "Tráelos a todos. ¡Con el dinero que te daría eso…!" "Es que los suegros son viejitos. Mi suegro siempre está ingresado." "¡Médicos! La medicina gratis sólo les interesa a los pobres, pero tú vas a ser millonario. Aquí los atenderían los mejores médicos, con todas las medicinas y equipos que hagan falta. Con dinero todo se puede, lo importante ahora es aprovechar la oportunidad." "Bueno, no le digas nada a nadie, voy a pensar qué hago." "Véndeme unas libras." "¿Cuántas?" "Cinco" "Dale."

Una siempre tiene algo esperando para mandar a la familia, pero esa vez me cogió de sorpresa. Como todas las hermanas usamos la misma talla, hice un bulto con ropa mía, la más nueva que tenía y completé con medicinas. Le di el paquete con los setenta y cinco dólares y la dirección de Teresa. "¡No dejes de venir mañana!" "¡Seguro!"

Una semana después, había mandado tres paquetes y ya sabía que el método funcionaba. Invité a Estany a visitarme y le hice una propuesta: "Te pago quinientos por viaje, si te llevas cuarenta libras." "¿Y usted tiene tanto para mandar?" "No, pero conozco a muchos cubanos que están locos por enviar unas libritas. Agarro el teléfono y, listo." "¿Y allá?" "¿Qué?" "¿Cómo las repartirás?" "Que vayan a buscarlas." "No creo que sea buena idea. Mejor sería tener a alguien que se ocupe de eso." "Creo que ya sé quien puede hacerlo."

Se corrió la voz de que yo tenía un "mula" diario y, en unas semanas, ya no daba abasto. La gente se creía que tenía una conexión con un piloto de aerolínea y se desbocaron a traer cosas. Estany contrató a un tipo en la Habana que pagaba cinco CUC cada noche para utilizar un carro como taxi. Pero ya no tuvo que transportar pasajeros, sólo los paquetes de Estany. Dejé mi trabajo para dedicarme a su negocito, que me rendía más de cuatrocientos a la semana. Él no quería dejar el suyo. Una tarde le pregunté: "¿Tú crees que podrías llevar más libras?" "Bueno, estaba pensando en agregarle un carrito lateral. Pero necesitaría cincuenta y cuatro torsores más." "Y, ¿de dónde los sacamos?" "No, hay que hacerlos. Además, tengo ideas nuevas que quiero probar. Necesito que me compres unas cosas, la verdad es que no me alcanza el tiempo."

Así que convirtió su cuarto en un taller y la cuenta de electricidad subió catastróficamente. Una tarde me llamó: "Mira esto. Súbete." Era una tabla gruesa, con refuerzos plásticos y una especie de parabrisas en una de los lados. Me paré sobre la tabla y él apretó un botoncito rojo situado cerca del extremo. Por poco me caigo. La plataforma se elevó a la altura de la cama. "Ahora, ésta es la mula." Así fue que elevamos la carga hasta las cien libras. Y yo le pagaba mil dólares por viaje.

En esa época terminé de pagar mi casa, aprovechando la entrada de dinero y también invertí en bonos del gobierno, que no dan tanto margen, pero son los más seguros. Le propuse a Estany asociarnos. Alquilamos una nave, compramos herramientas, equipos y materiales. Y fabricamos torsores mejorados. Eran más potentes, de treinta grados y podían trabajar dentro del agua. La ventaja era la posibilidad de flotar cuando hubiera curiosos. Pero Estany no quiso patentarlos, ni venderlos. Pero sí dejó el empleo. Le dijo a su familia en Cuba que estaba trabajando de noche y eso era lo que hacía: dar dos viajes cada noche. El pobre, ganando tanto dinero, estaba flaco, ojeroso. La verdad es que yo no tenía idea de cómo empleaba los diez mil semanales que recibía.

Parecía un fantasma. Flaco, mal vestido, siempre apurado. Llegaba al anochecer, con los ojos turbios, a pedirme las libras. Yo lo llevaba hasta la playa para esperar a que se fuera. Metía la próxima carga en su casa y me iba a dormir. Casi siempre escuchaba el sonido de su puerta al salir y lo veía desaparecer por la madrugada camino a su segundo viaje.

A veces, más o menos una vez a la semana, se pasaba el día en el taller. Almorzábamos juntos y me hablaba de su gente en Cuba, de los problemas de los niños en la escuela. "Yo no quiero ser inventor. Ni millonario." "Discúlpame, Estany. Si inventaste una cosa tan compleja, debes ser súper inteligente. A lo mejor no te gusta el trabajo de los talleres. Pero ¿a quién le molesta el dinero? Si a un rico le da la gana de ser sencillo, puede ser sencillo hasta que se canse. Si quiere dormir en la calle, puede dormir en la calle. Pero, ¿Por qué no vivir bien? ¿Para qué ponerse en peligro?" "No quiero que se me complique la vida. No quiero separarme de mi mujer, ni que haya otra gente metida en mi casa. Tengo miedo a que se conozca mi invento y entonces no pueda librarme de los curiosos, los periodistas, los buscavidas." "De todo te puedes librar, si quieres. El dinero abundante es la mejor garantía de vivir como a uno le gusta." El taller se iba llenando de cacharros y torsores. "¿No has inventado ninguna otra cosa?" "¿Otra cosa como qué? Se me ocurren muchas ideas, pero las guardo para tiempos futuros. A lo mejor te sorprendo, pero después de que mi horario se regularice."

Dicen que la doble vida agota. Imagínense llevarla con el Estrecho de la Florida por el medio. No por las patrulleras de uno y otro lado. Él las veía en su pantalla y le era fácil evitarlas. Además, no llevaba motores ni luces y aún le quedaba la posibilidad de pretenderse un surfista si era visto cerca de la orilla. El viaje en sí no se demoraba mucho, pero las precauciones para salir y para desembarcar le duplicaban el tiempo. Me propuse atenderlo: le compré algo de ropa buena, con la obligación de utilizarla; un traje isotérmico para sus travesías, le preparaba un termo de café para cuando llegara de madrugada; le llevaba almuerzo al taller. También le pedí algunas mejoras para su tabla, pero no quiso hacerme caso. "Lo que me interesa es que el viaje sea rápido y seguro." Un viernes por noche se llevó todos los torsores que había fabricado. No apareció hasta el lunes.

"Esta noche traigo a mi familia." Me lo soltó así, de sorpresa. "¿A toda la familia?" "A toda: los niños, mi mujer, los suegros, mi papá, su esposa, mi hijo del primer matrimonio y el perro." "¿Y todos quieren venir?" "Todos, ya están de acuerdo." "¿Y saben que vienen en carriola?" "Bueno, ellos no le van a llamar así. Realmente no se imaginan cómo es, pero saben que es un invento mío y que es seguro." "¿Y es seguro?" "¿Tienes idea de cuántos viajes he dado sin que pase nada?" Lo cierto es que eran muchos. Nos habíamos convertido en gente adinerada gracias a sus viajes nocturnos. Llamé a los clientes para decirles que esa noche no habría entrega. Él necesitaba la plataforma para llevar torsores, piezas y herramientas.

Esa vez se demoró más que nunca. Yo estaba en la playa, encaramada en un mirador con mis gafas de infrarrojo vigilando el horizonte por la zona en que siempre aparecía, pero se hizo de día sin que llegara. Temprano en la mañana no hay problemas, pero a medida que aclaraba iban arribando los bañistas a la playa. Todavía estaba relativamente despoblada cuando los vi venir. Muchos de los que estaban en la arena se levantaron, señalando al mar.

A una velocidad terrorífica, a la vista de todos, flotando a pocos centímetros del agua, venía la familia de Estany en tres carriolas, dos camas dobles (una de ellas con una botella de suero que colgaba de un palo con un ganchito en la punta), dos bicicletas infantiles, una cesta de supermercado (con el perro acurrucado en el fondo) y un escaparate sin tripulación. Y así llegaron hasta la arena antes de que los guardacostas hubiesen tenido tiempo de reaccionar.


 

9 comentarios:

Anónimo dijo...

¡¡Bravo Maestro!! Y gracias por regalarnos este cuento. Así se hace más leve la espera de la publicación de tu fabuloso nuevo libro.
"Barbarito, el lector cubano".

Daniel dijo...

Me ha hecho reir mucho. Esta muy logrado. Graciaspor este magnifico rato.
Un canario, un isleño

Camille JORDAN dijo...

Me encanto tu cuento.

Julio

Anónimo dijo...

Ya lei tu cuento hace unas semanas y no logro quitarmelo de la cabeza, quisiera comentarlo con alguien, compartirlo y no hayo. Quiero decir que me parecio fantastico, literal y llanamente. En fin, sigue regalandolonos que aunque no recibas muchos "coments" se leen... Saludos

Anónimo dijo...

Desde hace unos dias estoy leyendo todos tus articulos y novelas pero esta me dejo encantada te felicito de corazon eres tremendo escritor y tremendo cubanazo.

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