miércoles, noviembre 05, 2008

Aniversario

Aunque he perdido otras ocasiones especiales, no quiero perder ésta. Hoy, 5 de noviembre, mi blog cumple su primer año.

Comencé, impulsado por el deseo de expresarme ante los míos. Mi primera novela llevaba casi dos años de publicada y apenas había estado unos días en uno de los estantes de la Feria del Libro de la Habana, fuera del alcance y conocimiento de los miles de lectores que pululaban en las callejuelas de la fortaleza. El segundo libro, Ternera Macho y otros Absurdos, con mejor suerte, había llegado al stand casi directamente de la imprenta. Sólo un reducido grupo de intelectuales cubanos conocía de su existencia, gracias a la Torre de Letras, donde la escritora Reina María Rodríguez me invitó a presentar ambos títulos.

Un amigo me contó que llevaba un blog, Epepeh. Fue gracias a su lectura, que tuve la idea de hablar de mis aficiones literarias y exponer algunos trabajos. Así fue como, teniendo escritos unos cuantos artículos y muchos cuentos que no pertenecían a ningún proyecto de libro, escribí Absurdos dentro del Planeta Silencioso, parafraseando el título de la novela de Lewis, para comenzar el blog.

Por esa época, Anita y las Cinco Gordas estaba completa y aceptada, pero tendría que pasar por un año de lentas revisiones antes de salir a la luz. (En este momento estoy devolviendo las últimas pruebas, ya está diseñada la cubierta, espero que falte muy poco para anunciar su nacimiento. Una parte de la demora, se debe a las setenta entradas que he puesto en el blog (he retirado dos). Estuve llevando simultáneamente El Reino Amurallado, pero lo detuve por falta de tiempo, ya que tantos proyectos no me dejaban avanzar en ninguno al ritmo que deseaba.

En las primeras semanas no tenía información acerca de los visitantes de mi blog. Necesariamente, eran muy pocos, ya que lo eran al comenzar con el Google Analytics. Una española, María Godiva (es el alias de su blog) reseñó los trabajos de K Budai, de Yoani y míos en una entrada, Damas y Caballeros, con ustedes tres cubanos reales. Poco a poco fueron apareciendo otras reseñas y los visitantes, que hoy se acercan a los treinta mil. No son los millones que tienen otros blogs, pero me parece una buena tirada, especialmente con mis largos "posts" y mi escasez de fotos, hipervínculos y otros recursos de la Web. Google me presenta un mapa casi completamente pintado de verde, lo cual indica que me han leído en casi todas partes.

Ha sido una experiencia extraordinaria. Gracias al poder de Internet, he conocido a decenas de personas que viven en muchos lugares y me han escrito. Algunos han resultado ser excelentes amigos a los que pienso abrazar cuando vengan a Cuba. He reencontrados amistades, compañeros, alumnos, de casi todos los lugares donde estuve. He conocido mejor a muchas personas, también a mí mismo. Y mis libros han tenido una difusión mucho mayor de la que tenían antes de iniciarlo.

Dicen que la mayoría de los blogs perecen en las primeras semanas de nacidos. Éste ya sale de esa posible estadística de mortalidad "infantil" y comienza a dar sus primeros pasos de "parvulito". Tengo almacenada una gran cantidad de materiales que iré colgando a medida que crea que están listos, cuando pueda hacerlo y me sienta suficientemente valeroso. No obstante, mi primera prioridad debe ser Ocupante Original, que me consumirá aún muchas horas de trabajo.

Éste ha sido un año importante para mí. El temor de penetrar en la senectud sin conocer las delicias de ser abuelo ha quedado atrás. Mi hija mayor, que cuando el blog daba sus primeros bytes me había anunciado su gestación, me dio la noticia del nacimiento de mi nieta en agosto. Mis otros dos hijos no se han quedado atrás y ya me veo abuelo de una prole numerosa (el próximo verano), con lo cual creo que empezaré a chochear antes de tiempo. Es, también, el año de Anita, donde he apostado mucho, como saben los que han leído alguno de los relatos/fragmentos que he publicado y más aún los que lean el libro completo.

Seguiré, con la ayuda de todos, escribiendo en este espacio, que se ha convertido en mi remanso. Espero practicar un poco más de periodismo y poner algunos artículos de opinión, mientras me dedico al desarrollo de la trama de la próxima novela. Ya les daré noticias.

Gracias a todos mis lectores por la paciencia que me han tenido y por los comentarios, que siempre espero con ansiedad.




domingo, noviembre 02, 2008

Amén.

"¡Imprescindible!" "¡Impresentable!"

Los adjetivos se cruzaron con toda la virulencia de su antonimia. Antes de hablar de la obra, ya la habíamos sacralizado y excomulgado al mismo tiempo. A continuación, aunque ya con poca esperanza de contemporizar, nos dimos algunas ideas del por qué de las opiniones.

"Es absolutamente parcial. En la película se acusa al Papa de callar sobre el Holocausto, pero no se menciona que, gracias a su silencio, la Iglesia siguió en Alemania y pudo salvar miles de vidas. ¿Cuántas vidas se iban a salvar si el Papa se pronuncia sobre los campos de concentración? El pueblo alemán, y el de los países sometidos a los nazis pudieron seguir siendo acompañados por la Iglesia, gracias a su silencio."

No suelo ser muy bueno en las discusiones en vivo. Después de escuchar una alocución inspirada, prefiero no insistir. Recuerdo, de Carnegie, que no se puede cambiar una convicción por mucho interés que se ponga en exponer hechos y razones en forma ordenada y explícita. No obstante, he conversado suficientemente con mi interlocutor para respetar sus opiniones y capacidad de análisis. Me dediqué a estudiar el problema en busca de discernimiento.

Yo estaba hablando de una película y me interesaba por su mensaje. Él, de un hecho histórico que se exponía sesgadamente en la película. Ninguna obra de arte muestra las dos caras de todos los fenómenos que representa. No es un requisito realista. No se espera, por ejemplo, que un filme sobre los escrúpulos de un verdugo para hacer efectiva una ejecución (como la célebre comedia española), refleje una batalla legal por parte de los abogados del reo o los traumas sicológicos de los familiares de sus víctimas, o las peripecias de un inventor que consigue vender en grandes cantidades una reproducción a escala del garrote vil. Cualquiera de esas facetas pudo haber sido tratada, y muchas otras. Y eran temas razonablemente centrales. Hubiera sido otra película y puede que no tan buena.

Para mí, Amén trata acerca del silencio que el temor provoca. Las personas que intentan denunciar atrocidades, lo arriesgan todo para hacer llegar su noticia a lo más alto. Su única necesidad de discreción es la de asegurarse de que su mensaje llegue. Que el mundo sepa. Que no los pueda apoyar nadie más sin convertirse en cómplice. ¿Evitaría esto la masacre? Probablemente, no. Nada la detuvo. Es posible que hubiera ralentizado su expansión. Tendrían que gastar más en propaganda. Quizás, maquillar algunos campos de concentración. Nunca se podrá saber. Muchos alemanes ignoraron la existencia de los planes de exterminio hasta el final. ¡Qué conmoción tan terrible, enterarse de que ellos mismos habían sido capaces de cometer tales horrores!

No se trata de juzgar al Papa o a la Iglesia por su política de callar en aquellos terribles momentos. Hay que vivir en una situación como la suya para comprender sus temores. ¿Cuántos no callamos cientos de cosas que queremos gritar? La responsabilidad de la voz tiene ramificaciones y la decisión del silencio puede motivarse por el deseo de no causar daño a otros más que por instinto de conservación. Pero, callar ante el atropello, unirse al "estremecedor silencio de los bondadosos", cuando el crimen es continuado y se expande, es acercarse a la complicidad. Es el sentido de la alocución de Martin Luther King.

Mi defensa del filme, por encima de sus virtudes formales (que son muchas), se basa en que trajo esta cuestión, tan antigua como la intolerancia, nuevamente a la palestra. Mostró situaciones paradójicas, héroes complejos sufriendo por su insuficiencia, la maldad de un sistema que convierte al hombre en minúscula pieza. Y todo lo hizo con una trama intensa y bien presentada, con personajes bien construidos. Crea, además, dudas y polémicas que incentivan la búsqueda de conocimientos sobre varias aristas: ¿Qué se sabía en el mundo sobre los crímenes del nazismo en el tiempo en que ocurrían? ¿Qué hizo la iglesia en Alemania y en los países bajo su yugo? ¿Qué hicieron otras organizaciones? ¿Cómo se manifestaron fenómenos análogos en países que sufrieron o sufren de regímenes similares?

El descubrimiento de los campos de concentración de los fascistas fue documentado por los vencedores en toda su crudeza. No corrieron igual suerte los campos soviéticos, españoles, americanos y los que ha habido antes y después en muchos otros lugares. El conocimiento que pueda haber sobre ellos no será tan amplio, matizado, profundo. El silencio, no obstante, pierde a la larga. Se llega a saber. Pero la palabra sólo puede proteger a las víctimas cuando es dicha a tiempo.

Personalmente, creo que el conocimiento del crimen obliga a la denuncia. Si el temor se impone, cada nuevo atropello aumenta la culpa del silencio. ¿Cómo sentirse satisfecho cuando se ha participado, aunque sólo sea como testigo silente, de los crímenes más abominables que la humanidad conoce?


 

martes, octubre 28, 2008

Remotas consecuencias.

No hubo contacto en aquel accidente de tránsito. Un motociclista, que acababa de girar, se percató tardíamente de que en su senda había un obstáculo. Maniobró con premura, aproximándose a un grupo de transeúntes que aguardaban junto a la acera. Éstos se asustaron y dieron uno o dos pasos atrás. Un señor de mediana edad movió los brazos en forma de molino tratando de evitar su caída, pero un tanto entorpecido por el impermeable, no pudo impedir que su espalda golpeara contra la acera y la cabeza originase un sonido metálico en un desagüe aluvial que bajaba, pegado a la pared del edificio. Allí quedó, inmóvil, sorprendiendo a los paseantes con lo fácil que se pierde la vida. Un paquete que portaba se abrió dejando escapar algunas piezas de computadora.

El hombre tenía toda su documentación en orden y fue fácil saber que ningún familiar reclamaría su herencia. Por otra parte, su cuenta bancaria no pasaba de unos pocos miles de euros, no era propietario de inmuebles y un procurador, sacando su buena tajada, lo liquidó todo para proporcionarle un entierro decente.

Pero Ignacio de Jesús Rodríguez, Nacho, para sus amigos y empleados, no fue un muerto sin importancia para unas decenas de cubanos. Unos años atrás, había invertido casi todos sus ahorros, incluyendo el valor de la venta de su casa solariega (no produjo tanto dinero, pues su estado era ruinoso) en la creación de una empresa de servicios informáticos en la Zona Franca de Wajay, donde un pequeño grupo de especialistas se ocupaban absolutamente de todo el trabajo de la firma, exceptuando la firma de contratos y de cheques.

También tenía una novia, una mujer joven, de muy buena apariencia, con un hijo de unos siete años. Todos sus bienes estaban en la casa de ella, aunque su auto de la empresa lo tenía el especialista que quedaba como jefe cuando él se ausentaba. La novia, Pamela, tenía un Lada en muy buen estado que él le compró en los primeros tiempos de establecerse.

— ¿Estamos todos?

— Coty fue a buscar café.

— Vamos a esperarla. Bien, cierren la puerta, aquí no hay nadie.

— ¿Qué pasa, Socio?

— Ahora hablamos… bueno, como ustedes saben, el día quince debió regresar Nacho. Fui al aeropuerto a esperarlo, como siempre, y no apareció. Melita no sabe nada de él, su número de celular no está activo, ni tampoco el de su piso.

— ¡El tipo levantó el pie!

— ¡No! Peor. Estiró la pata.

— ¡Tuff! ¿Qué coño es eso? Y, ¿cómo lo sabes?

— Hoy por la mañana lo busqué en Internet. Hay una pequeña nota en El Mundo que menciona la muerte accidental de D. Ignacio de Jesús Rodríguez Márquez.

— ¿Y ese es Nacho? ¿No será otro con el mismo nombre?

— ¿Ahora, qué hacemos?

— Estoy convencido de que es él mismo. Fruta verde con púa es guanábana. Pónganle el cuño.

— ¡Se jodió el negocio!

— Bueno, pero nos llevamos todos los equipos, los muebles, los carros, a ver cuánto le podemos sacar. ¿Hay dinero en caja?

— Sólo el salario de este mes y unos cientos, que ya están gastados.

— ¡Mamacita!

— Miren, aquí vamos a hacerlo todo con total claridad, sin esconder ninguna bola.

— ¿Y?

— ¿Por qué Eusebio no nos informa al detalle de la situación de la empresa?

— Bueno, por si acaso, yo le pedí que preparara un informe del estado de las cuentas para analizar las variantes.

— ¡Variantes! ¡Qué variantes! Nos repartimos el dinero y las cosas que podamos sacar sin ir presos y nos esfumamos.

— Eso no es tan fácil, todo estamos controlados por la Agencia Empleadora.

— Nos van a tumbar hasta el último medio.

— Bueno, Contador, adelante.

Los hombres escuchaban atentamente la lectura del informe, forzando a sus pensamientos a no escaparse a buscar nuevos caminos. La empresa estaba bien de situación, a pesar del exceso de cuentas por cobrar, algunas de ellas incobrables. Pero el carácter de los servicios que prestaban permitía presionar el mantenimiento de los pagos al día y eran pocos los que se podían dar el lujo de renunciar a los sistemas instalados por ellos. Los medios básicos eran cuantiosos y la cuenta de banco tenía dinero suficiente para los gastos de algo más de un mes. El contador tenía alrededor de doce cheques firmados a nombre de distintos proveedores y varios de ellos permitirían la extracción de efectivo.

— Yo soy de la opinión de mantenernos como si nada. No sabemos si va a venir otro español con la herencia, ni estamos tan seguros de que Nacho esté muerto. Y quizás podamos seguir así hasta que inventemos otra cosa.

— Van a faltar los cheques.

— El problema es que nos podemos repartir una pila de cosas y dinero si acabamos ahora mismo con la empresa, pero si lo dejamos, seguro que alguien, la Inmobiliaria o la Zona Franca, no sé quién, pero se quedan con todo.

— No, no creo que eso pase, si nos mantenemos pagando.

— Además, si vienen a intervenir, vendrán con una lista de lo que hemos comprado.

— No, no. Quizás, los carros, el dinero del banco. Nadie sabe cómo anda el inventario. Nosotros hemos cuidado de hacer bien las cosas.

— Bueno, vamos a dejarlo pendiente.

En los próximos días no sucedió nada. Todos llegaban a la oficina a trabajar como siempre, se mantenían en sus respectivas funciones. No se hacían compras de nuevos equipos, ni reparaciones importantes a los automóviles. Demoraron diez días en utilizar el primer cheque, que convirtieron en efectivo.

Sin embargo…

(Tomado de Ocupante Original)


 

sábado, octubre 25, 2008

Memoria de maestra.

Hoy, casi un cuarto de siglo después, siento los mismos deseos de llorar que siente un náufrago cuando, al llegar a tierra firme, encuentra a salvo a sus seres queridos. También mis antiguos niños. Me destrozan el peinado, la espalda y el corazón con sus abrazos. Y me mojan las orejas estas mujeres ya desconocidas, quizás a causa de su maquillaje. Sé quiénes son, he viajado con ellos en el tiempo una y otra vez. Ahora estoy allá, en este mismo lugar hace decenios, con minifalda y pelo largo. La escuela también es pepilla, hace poco la pintaron y pusieron las mesitas dobles con patas de hierro en lugar de los viejos y pesados pupitres de caoba.

Su primer día en la escuela, es mi estreno en el aula. Durante dos semanas preparé clases, hice muñecos de papel, cadenetas, adornos. Joaquín, el de mantenimiento, me ayudó con las luces, puso persianas nuevas, pintó la pared contigua al bañito, cuyas manchas de juego identificábamos como si estuviéramos en una prueba sicológica.

Allí están, pantalones o sayas de ardiente rojo, brillando de interés, limpios, peinados, llenos de la sorpresa de conocerse. Dos docenas de rostros van a acompañarme hasta el final del ciclo. Los observo con cuidado. En unos días podré recordar sus nombres, sabré cómo es su familia, si aprenden con facilidad, si saben peinarse o acordonar sus zapatos. Los padres me ofrecerán su apoyo más decidido, pero me harán sufrir con su incomprensión, desconfianza y maledicencia. Esperan detrás de la cerca aunque ya sus hijos no pueden verse desde afuera. La ansiedad se les irá pasando, como mi nerviosismo y, en unas semanas, los conoceré tanto como para imaginar sus vidas futuras.

No creo que a César ni a Gilberto los agarre el Servicio Militar en Cuba. Vivian tampoco esperará mucho tiempo para conocer otros lugares. No es necesario adivinar, basta con ver sus medias, el peinado o los relojes prematuros. Me equivoqué con respecto a César: su padre, veterinario especializado en cánidos, decidirá continuar un contrato después de recibidas las advertencias de rigor de los funcionarios del ministerio, se percatará de la trampa del aviso de presentarse en la Embajada y se convertirá en un desertor a cuyos familiares se les niega el permiso de salida por no menos de cinco años. Como resultado, César esperará el final de sus tres años de Servicio Militar trabajando en el Ejército Juvenil para encontrar a su padre, ya cercano al retiro, y su nueva familia. Imaginaba a César viniendo a Cuba, pesaroso por tantos amigos olvidados, lleno de presentes para todos, llegar a la escuela, "¡Maestra! ¡Tan linda como en mi memoria!" "¡Si estás hecho un hombrón!" Muy cierto, debía pesar por lo menos doscientas cincuenta libras, un hombre alto, de uno noventa, oloroso, barbudo y con una cadena de medio kilo. Nada de eso: se fue solo hacia los Estados Unidos y estuvo haciendo trabajos temporales, hasta conseguir un empleo permanente en una gasolinera a ocho dólares la hora, se casó, tuvo dos hijos antes de divorciarse y ha vivido en la pobreza desde entonces, pagando la pensión y haciendo turnos extraordinarios de cincuenta dólares la noche para tener un extra suficiente para un sábado en las graderías del estadio de los Marlins. No ha regresado y no creo que vuelva a verlo en esta vida. Gilberto, sí. Me contaron que estuvo un tiempo en Cuba, en el consulado de la Oficina de Intereses. Vino a la escuela una vez y preguntó por mí, pero era muy tarde: sólo quedaban la auxiliar pedagógica, dos muchachos cuyos padres se retrasaban siempre para recogerlos y el administrador, a quien le tocaba la guardia obrera esa noche. No fueron los únicos en marcharse. Hubo otros, seis o siete entre veinticuatro niños, llevados por sus padres o por sus propios deseos, que optaron por la lejanía. A varios no los recuerdo. Mi memoria ya no es tan firme y frecuentemente confundo los cursos de mis estudiantes, sus rostros y hasta sus nombres. Otros me sorprendieron cuando lo supe. Como Hansel. Solíamos bromear con su nombre de niño perdido en el bosque. Nadie más lejos de un chico abandonado: su cabello negrísimo siempre ostentaba un corte correcto, su uniforme impecable, bien planchado, medias blancas, cinturón de cuero negro y hebilla brillante. Cuando encontré a su padre, no me sorprendí. Idéntico. También él vestía reluciendo de cuidados. ¿Cómo pueden brillar de ese modo los zapatos de un hombre a las cinco de la tarde? Por su porte y autoconfianza, pensé en un funcionario o quizás hasta un dirigente. Aún así, desapareció en las gélidas montañas de Suiza, gracias a su matrimonio con una muchacha pecosa, venida en aventura solidaria con su grupo hippie. Se separaron, ella de su grupo y él de su trabajo, para pasar unos días desaparecidos en el apartamento de un amigo que estaba de viaje. Sufrieron después todas las guerras, la pérdida del matrimonio, los problemas en el trabajo, las negativas a permitirle emigrar, la vida en casa de sus padres con una extranjera que no servía ni para comprar en las tiendas para extranjeros. Todo pasó en poco más de un año y después enviaban unas fotos preciosas en cada navidad, con muchos cariños para todos en la escuela.

La mayoría se quedó. Aunque no he tenido noticias de todos con regularidad, sí las suficientes para saberlos en Cuba. Algunos, no se movieron del barrio.

Alan, por ejemplo: desde el primer día lo ubiqué en la categoría de hombre fuerte. Tuve razón, pero sólo en ese aspecto. Lo imaginaba de torpes dedos, brusco proceder y corta inteligencia. Sería un hombre atractivo, de gustos elementales. Terminaría la primaria como todos los niños, aunque tendría algunos "aprovechado" (le sería imposible obtener solo "sobresaliente") y en la secundaria lo orientarían paulatinamente hacia una escuela de oficios. Deberá escoger mecánica automotriz. Seguramente podrá terminarla y trabajar de ayudante unos años antes de poder enfrentar encargos por su cuenta. Se aficionará a la bebida y con el tiempo le irá creciendo la paranoia de los celos, la cual se acentuará con la impotencia incipiente provocada por el alcohol. Yo lo veré, primero crecer y hermosearse, luego decaer: sus dientes, a causa de la encía enferma, serán extraídos. Tendrá una calva extraña y nunca me olvidará. Fallé. Compensó su corta inteligencia con su incondicionalidad hacia los de arriba y, con ejemplar falta de escrúpulos, hará valer su incapacidad para disentir, sin órdenes precisas, como la máxima prueba de confiabilidad política y exigirá y obtendrá prebendas temporales y permanentes. Conmigo es un ángel. Ayudarme no le provoca problemas. Me dolió verlo marchar en una camioneta con otros con los que no tenía nada en común, armados de cabillas y cadenas, a golpear a los desesperados que se lanzaron contra las vidrieras aquella mañana cálida de hace doce años en que creyeron que la orilla se llenaría de barcos y se encontraron envueltos en una marea iracunda y desorientada. Me dolió, como el recuerdo de mi padre, que hizo lo mismo catorce años atrás, cuando decían que debían defender la revolución y formaron grupos para apalear a los que creyeron que de verdad les iban a permitir refugiarse en la embajada. Mi padre siguió lo mismo: burócrata de guayabera, hombre fino, suave, de reuniones interminables. Pero yo ya no lo vi igual. El hermano mayor de un compañero mío había regresado con la cabeza rota y la ilusión perdida. Y por improbable carambola culpé a mi papá del estropicio.

A todos les avisaron. No importó que hubiera, entre ellos, muchos que resultaban inaccesibles a causa de la distancia o la ocupación. Son bastantes. Demasiados, si decidieran venir todos. A pesar de que generalmente los acompaño todo el primer ciclo, he tenido más de quinientos alumnos. Muchos más.

Pero no me recuerdan, o ya no les importa o tuvieron alguna causa que les impidió venir. Aún así, el aula está llena de alivios para mi corazón. Dejo un oficio que lo único bueno que tenía, era precisamente este enjambre creciente que lleva mi huella.

He demorado este momento por temor a mi futuro solitario, a esa chequera simbólica que, sin el comedor de la escuela, no me protegerá del más profundo desamparo. Pero ya no doy más. No puedo con tantos jefes, con tantos años, tanta idiotez. Así que los dejo.

Sólo me queda esperar.

domingo, octubre 12, 2008

Fenómeno.

— ¡Lluvia! ¿Qué…?

Sólo sorpresa hubo en la mente de Juan Benigno en sus últimos segundos de vida. El faro, su empleo de los últimos treinta y dos años, su pequeña casa y un almacén adyacente, se desplomaron momentos antes de ser arrastrados por las aguas. Una pequeña unidad militar cercana provista de embarcadero y dos lanchas patrulleras y las vidas de sus veintisiete soldados, fueron destruidas de un modo tan súbito que ninguno de ellos consiguió vislumbrar peligro alguno. El primero en advertir algo extraño sin perder la vida fue Alexis, el novio de la hija Juan Benigno. Después de saltarse la escuela, se habían escondido en uno de los cuartos de su casa, aprovechando la ausencia de sus padres. Un ruido de cascada lo impulsó a mirar hacia fuera y alcanzó a ver la desaparición del faro.

— ¡Nina! ¡Vamos!

Apenas salidos, la tierra se sacudió espasmódicamente, retumbando con el tono más grave que hubiera escuchado. Había una pared enorme a pocos metros y una catarata de agua de mar bajaba desde el cielo. "¿La pared se mueve?" alcanzó a preguntarse cuando recibió una confirmación espeluznante. La casa, de la que acababan de salir, se derrumbó al tropezar con la pared. Los jóvenes corrieron sin mirar atrás, ni entender hacia donde se movía la columna. En pocos segundos el caserío quedó arrasado. Cierta fetidez imperaba por todas partes. Luego de unos minutos interminables, el estrépito resonó alejándose. Alexis y Nina salieron de su escondite. El paisaje había cambiado de un modo que no podían interpretar. Buscaron entre las piedras, pero sólo una anciana había sobrevivido y falleció a los pocos minutos: había perdido una pierna y sangraba profusamente.

Nina quería regresar al faro en busca de su padre, pero la carretera estaba llena de lodo y piedras.

— ¡Por el campo!

Una falla de unos veinte metros de altura les cortó el paso. Caminaron por su borde con angustia creciente.


 

Eran hombres disciplinados los que se reunieron en el puesto de mando. Vestidos de verde oliva, como solían hacerlo en cada crisis, conversaban animadamente esperando la entrada del Presidente del Consejo de Defensa. Éste recibía instrucciones por teléfono en una oficina contigua. Luego de colgar, se apresuró a dirigirse al teatrillo donde todos se pusieron de pie brevemente en señal de respeto.

— ¡Compañeros! Supongo por sus comentarios, que ya tienen información de los acontecimientos que están ocurriendo en el extremo más oriental del país. El Teniente Coronel Sardiñas expondrá los detalles.

El oficial se acercó uno de los micrófonos que estaban sobre la mesa presidencial y comenzó su ponencia:

— A las 1415 horas del día doce de mayo del presente (ayer, quiero decir), perdimos contacto con nuestra unidad 1773 perteneciente a las heroicas Tropas Guardafronteras. Esto fue notado a las 1427 horas por el Sargento Ismael Negrín del puesto de mando del municipio Maisí, pero no fue posible obtener ningún informe posterior desde dicho punto. En poco menos de una hora fueron cortadas las comunicaciones con Gran Tierra, Dos Hermanas, Cantillo, La Tinta, La Cruzada, Vega Yumurí, Pueblo Viejo, Lavadero, La Sabana, Boruga, Bariguá, es decir, con todas las poblaciones situadas al oriente de la Sierra del Purial.

"Sospechando una acción del enemigo, declaramos en alerta de combate a la totalidad de las tropas del Ejército Oriental y pedimos instrucciones a la Habana. Los informes de Inteligencia, no obstante, resultaron tranquilizadores: no había en marcha ninguna operación enemiga en nuestro territorio, debía tratarse de un problema de comunicaciones o un hecho natural. Enviamos dos grupos de exploración por tierra, conectados por radio, desde Juaco y Mata Mariana y una embarcación por el norte, desde San Antonio. Los grupos terrestres no llegaron a transmitir ninguna información, pero la patrulla marina reportó haber visto una elevación extraordinaria en forma de columna. No consiguieron distinguir la parte superior, ni la base, pero lo más inquietante es que se movía hacia el suroeste y se escuchaba un sonido potente, que ellos creen que partía del evento observado."

"La patrulla se dirigió al este y encontró un punto próximo a Cabo Maisí donde lograron desembarcar y efectuaron un recorrido por la zona afectada. No fue posible localizar ningún poblador que informara sobre lo ocurrido, pero sí huellas de una gran destrucción: el faro es ladrillo y polvo, las terrazas se han aplanado, el suelo está lleno de agua de mar hasta muy adentro en la tierra, la carretera, hundida. Negamos una petición de la patrulla de adentrarse hacia Gran Tierra, ya que habíamos recibido nuevos informes de destrucciones en Playitas, Cajobabo, Imías, Los Gallegos y Vega Batea."

"Enviamos un avión de reconocimiento, el cual reportó un importante cambio en la orografía del este de la provincia, así como la aparición de un macizo en la parte sudoccidental de las Cuchillas del Toa, accediendo a las Lajas de Cujerí. Desde la altura del avión, parecía un ser viviente de extraordinario tamaño. Luego de intentar un acercamiento mayor para fotografiar desde un ángulo más apropiado a la criatura, los pilotos reportaron que ésta parecía crecer y perdimos el contacto también con la patrulla aérea."

"El fenómeno se está acercando al Valle de Guantánamo. Todavía no se ha determinado con exactitud su naturaleza aunque sabemos que no se trata de un ente estático, sino que goza de gran movilidad y que es muy grande, enorme, quizás de unos cinco a diez kilómetros de altura."

El General Márquez, Presidente del Consejo de Defensa en la provincia oriental, tomó la palabra:

— Gracias, Teniente Coronel. Dos cosas necesitamos en este momento: información y celeridad. Es necesario, de una vez por todas, que sepamos cuál es nuestro nuevo enemigo. Una cosa es segura: no son los yanquis. Ellos están aterrorizados, están evacuando la base y no nos han dicho una palabra. Algo bueno saldrá de esta situación y es que habrán abandonado esa parte de nuestro territorio, que por lo tanto volverá a ser nuestro en pocos días. Hay que asegurar los elementos claves de nuestra vitalidad en la capital provincial y hemos trasladado los archivos y medios de resistencia, así como el personal imprescindible hacia los túneles, tal como está previsto para situaciones de gravedad extrema. Una escuadra de cazabombarderos ha partido con instrucciones de filmar y enviarnos imágenes del fenómeno. Si detectan que se trata de un ser viviente, deberán exterminarlo, ya que ha causado la muerte de no menos de diez personas a su paso por el oriente del país y la destrucción de bienes materiales por valor de más de mil millones de dólares. Ahora, ustedes se ajustarán al protocolo previsto y deben ponerse en marcha de inmediato para proceder a la protección de sus territorios asignados.

Sin embargo, no llegaron a salir del recinto. Una enorme masa se abatió sobre la ciudad, provocando un pánico de hormiguero. Los que lograron volver la cabeza y distinguir la forma que los apisonaba, declararon que tenía el aspecto de la punta delantera de un pie humano. Otros, identificaron como orine el líquido que inundó la parte norte de la ciudad.

La escuadrilla se mantuvo a respetuosa distancia del ser, parcialmente oculto por las nubes y las montañas. Las imágenes se analizaban a mil kilómetros de distancia, en lo profundo de un búnker de cincuenta metros de profundidad, provisto de capacidad de cómoda supervivencia de unas cuatrocientas personas por varios años y moderna tecnología de comunicaciones.


 

El profesor Cáster estaba al frente del equipo de investigadores que estudiaban las filmaciones y fotografías del "Monstruo del Paso de los Vientos", como llamaban en la prensa mundial al ente que recorría la región oriental de Cuba aplanando montañas y destruyendo ciudades y conglomerados de tropas.

—No se trata de un ser humano .Eso es algo que debe quedar claro para todos. Los seres humanos no pueden medir más de tres metros. Las imágenes parecen ser del tronco de una persona. Tiene poca cintura, ombligo abultado, poco vello. Pero es humanoide. No hay tecnología capaz de construir un robot de esas dimensiones. Además, hay testimonios de micción y huellas de heces fecales en la zona de Alto Songo. Las apreciaciones sobre su estatura deben estar exageradas, ya que ha tenido dificultad para atravesar la Sierra Maestra. Reaccionó ante cohetes que les fueron lanzados desde un barco de la Marina de Guerra, alejándose tierra adentro. Es posible que se necesiten misiles estratégicos para destruirlo o causarle un daño apreciable.

— Profesor, las imágenes que se han obtenido por medio de la fotografía infrarroja confirman completamente el carácter antropomórfico de este fenómeno. Es claramente una cara lo que observamos en esta fotografía, observe los ojos y la nariz.

— El análisis de las muestras recogidas por las expediciones, revelan que se trata de un animal de gran talla, de una especie muy similar a la humana. No sabemos su procedencia, ni como no había sido descubierto con anterioridad. No hay descrito nada similar. Una especie de King Kong. Sólo que diez veces mayor. El simio sería un pequeño juguete de peluche para este monstruo.

— Bueno, yo debo informar al mando. ¿Es un ser vivo? ¿Cómo puede neutralizarse?

— No estoy de acuerdo…

— Usted no está aquí para opinar. No queremos escuchar tonterías ecologistas en estos momentos. ¿Cómo matamos al bicho? Es lo único que hay que saber.

— No es un bicho. Es un bebé. Mire este trabajo.

Una de las fotos, procesadas con filtros comunes, estaba revelando ante ellos la imagen de su terrible enemigo. Un niño de alrededor de dos años. Hermosos rizos, ojos azules, dentadura perfecta.


 

El niño, al llegar a Camagüey, encontró cómoda la llanura y se sentó, destruyendo varias granjas ganaderas con el fondillo. Los camagüeyanos que huían de la ciudad atrajeron su atención y trató de atrapar a alguno. Eran demasiado pequeños y se aplastaban al contacto. Pero pudo atrapar a un vehículo lleno de hombrecitos que se lanzaban por las ventanas. El niño soltó el vehículo que se estrelló en la tierra. Pasó la mano por el terreno y miró divertido a los hombrecitos en fuga. Algunos picaban, como aquellos de los aparaticos que le provocaban escozor, pero no lo suficiente para incomodarlo. Era un buen espacio para acostarse. Tenía sueño.

En medio del descanso, se produjo el ataque. El niño, inquieto, se rascaba donde hacían blanco las bombas más poderosas y terminó por despertarse, asustado por el movimiento agresivo de los aviones que lo cercaban en gran número. Se levantó llorando y corrió a lo largo de Camagüey y Ciego de Ávila, perseguido por los cazas, algunos de los cuales fueron destruidos a manotazos antes de que abandonaran la persecución. Estuvo llorando un buen rato antes de quedarse nuevamente dormido.

— No tenemos armas nucleares, que serían las únicas que podrían destruir a este monstruo. El Gobierno Norteamericano nos ha ofrecido su colaboración, pero es una patraña. La intervención de tropas del imperio en Cuba terminaría siempre en intento de imponernos la anexión. Nunca aceptaremos tal apoyo. Tenemos que destruir esta amenaza con nuestros propios medios.

— ¿No podremos empujarlo hacia el mar?

— Los mares alrededor de Cuba son muy poco profundos. Necesitamos dos kilómetros para ahogarlo.

— El Golfo de México, la Fosa de Oriente o la de las Caimán.

— El Golfo no es una opción. Para llegar allí, tendría que pasar por la Habana y podría arrasar también a Varadero. Sería un desastre irrecuperable.

—Entonces, habrá que llevarlo hacia Oriente. Si fuera posible, por el mar. No hay esperanzas de conducirlo exactamente a la Fosa de Caimán.

— Pero, pudiera repetir su paso por el Golfo de Manzanillo o la región del Cauto. Las consecuencias serían catastróficas y permanentes. Hay que escoger el mal menor, son territorios menos sensibles.

Al despertar la mañana siguiente, el niño se encontró a un grupo de aviones haciendo vistosas evoluciones que dejaban estelas de humo colorido. Trató de agarrarlos, pero se le escaparon y dando torpes pasos tambaleantes, los siguió. Mientras esto hacía, a sus espaldas se formaban grandes unidades de combate portadoras de potente artillería reactiva. Comenzó a caminar por las aguas del sur de la provincia Ciego de Ávila. Los buques de guerra esperaban que los aviones alejaran al niño de la costa y así poder colocarse a sus espaldas para impedirle el retroceso, pero él siguió andando próximo a la orilla. Un tropezón, seguido de una caída y comenzó el llanto que a la distancia a que se encontraban las tropas era perfectamente inteligible.

Después de un rato sentado en el agua, comenzó a jugar con ella y volvió a levantarse. Como aún no había llegado el segundo escuadrón de acrobacias aéreas, una lancha patrullera de alta velocidad se introdujo en el agua disparando fuegos artificiales y humo de camuflaje para atraer la atención del niño e impedir que regresara a la orilla. Poco a poco lo fueron conduciendo por la zona de aguas poco profundas del Archipiélago de los Jardines de la Reina y no pudieron impedir que la criatura torciera el rumbo y se adentrara en el Golfo de Guacanayabo. Volvió a encaramarse en la tierra oriental por Niquero, aterrorizando a los pobladores del valle del Cauto, incapaces de encontrar una vía de escape que los mantuviera a salvo del aplastamiento. El movimiento tambaleante y azaroso del niño destruyó Macaca, Colorado, el Chino y Las Lagunas, dejando intactos a San Joaquín, Apolinao y Malanga, por citar algunos.

El problema es que estaba de la parte norte de la Sierra Maestra y era necesario conducirlo hacia el sur, donde se encuentran las aguas profundas de la Fosa de Oriente. Algo grande era necesario para forzar al enorme pequeño a pasar por encima de la cadena montañosa. Y el general Cortés encontró el modo. "Un incendio." Una escuadra completa se lanzó en picada sobre una base de camiones estacionados cerca del camino. El fuego del combustible se unió a los estallidos de los proyectiles, casas y árboles ardieron en la hoguera rápidamente, provocando un fuego de grandes proporciones que consiguió hacer al niño dar unos pasos atrás y caer, derribado por el choque con la cadena montañosa. Así entró al mar.

Después, la tarea era impulsarlo a penetrar más en el agua. Todos los buques de guerra y los aviones se unieron en un esfuerzo final que dio sus frutos casi frente a la ciudad de Santiago.

Miles de santiagueros miraban desde el litoral las maniobras bélicas que realizaban conjuntamente la marina y la aviación contra el niño. Podía distinguirse claramente los hombros saliendo del agua, el cuello, y la cabeza infantil. Lloraba desconsoladamente. Tenía miedo y cada paso lo hundía en el abismo.

La compasión empezó a extenderse en el pueblo. A pesar de la costumbre de callar y aceptarlo todo, presenciar el asesinato de un bebito era demasiado fuerte para muchos. Mientras era una mole incomprensible podían odiarlo, desear su desaparición por cualquier vía, pero a dos kilómetros de distancia, viendo sus gruesos lagrimones y los pucheros que hacía con la boca sonrosada, el odio era imposible.

Comenzaron a escucharse voces: "No lo maten." "Dejen que se vaya." El niño se había calmado y miraba atentamente lo que hacían los aviones de guerra. Una pirueta y se echó a reír. Esta risa desató la ternura de sus víctimas, que empezaron a gritar con fuerza: "Queremos que viva." Pero el niño dio un nuevo paso atrás y perdió el equilibrio, gritando desesperado antes de hundirse en el fondo marino.

Los gritos, imprecaciones y llantos de los santiagueros dieron lugar a la sorpresa cuando se vio bajar de las nubes dos enormes brazos, que entraron en el agua y sacaron al bebé. "¿Qué hacías en el mar? ¿Dónde te habías escondido?", preguntó su madre, apoyándolo contra su pecho.