miércoles, abril 02, 2008

Mark Twain explica los precios altos

Antes de comenzar con mi tema, voy a acudir al expediente de citar a una de mis "autoridades" preferidas. He copiado un fragmento de "Un yanqui en la corte del Rey Arturo", exitosa novela de Mark Twain, quizás no tan celebrada como "Las aventuras de Tom Sawyer" o "El príncipe y el mendigo", pero sí entretenida, interesante y llena de disquisiciones sobre ideas fundamentales de la sociedad y la economía.

Aquí la emprende con el tema de cuál es el verdadero salario y la incapacidad del hombre para cambiar su modo de analizar nociones que les han sido inculcadas desde su niñez.


 

(El Rey Arturo y el Patrón viajan de incógnito, acaban de cenar y conversan de sobremesa con sus invitados)…

El rey dio buena cuenta de sus raciones y luego, como la conversación no abordaba conquistas o temibles duelos, fue adormeciéndose hasta que por fin se retiró a echar una cabezada. La señora Marco despejó la mesa, situó el barril de cerveza de tal forma que lo tuviéramos a mano y se fue a cenar las sobras en humilde intimidad; el resto de nosotros pronto estuvimos enfrascados en aquellos asuntos que más atañen a la gente de nuestra condición: negocios y salarios, por supuesto. A primera vista, aquel pequeño reino tributario, cuyo soberano era el rey Bagdemagus, parecía increíblemente próspero en comparación con mi propia región. Aquí el «proteccionismo» estaba totalmente arraigado, mientras que nosotros avanzábamos poco a poco hacia el mercado libre, y ya nos encontrábamos a mitad de camino. Al poco rato, Dowley y yo llevábamos la conversación, mientras los demás escuchaban con avidez. Dowley se fue entusiasmando a medida que hablábamos, creyó percibir que se encontraba en una situación ventajosa, y empezó a hacerme preguntas que pensó me parecerían extrañas y que, en efecto, lo eran.

-Hermano, ¿cuál es en vuestro país el salario de un administrador de tierras, de un carretero, un pastor o un porquero?

-Veinticinco milreis al día, o lo que es lo mismo, un cuarto de centavo.

La cara del herrero se iluminó de alegría. Dijo:

-¡Aquí cobra el doble! ¿Y cuál es el sueldo de un mecánico, de un carpintero, de un pintor de brocha gorda, de un albañil, de un herrero, de un constructor de ruedas o cualquier otro oficio similar?

-Unos cincuenta milreis por término medio, la mitad de un centavo al día.

-¡Ja, ja! Aquí cobran cien. Entre nosotros un buen mecánico cobra un centavo al día. A excepción del sastre, los demás cobran un centavo al día y en las épocas de prosperidad incluso más. Hasta ciento diez y ciento quince milreis diarios. Yo mismo he llegado a pagar los ciento quince diarios. ¡Hurra por el proteccionismo y al diablo el libre mercado!

Y su rostro brilló en medio de la compañía como un rayo de sol entre las nubes. Pero no por ello me amedrenté. Preparé mi contundente martillo, por así decir, y me concedí un plazo de quince minutos para hundirlo en la tierra, hundirlo por completo, hasta que no sobresaliese ni la curva de su cráneo. Comencé por preguntarle:

-¿Cuánto pagáis por una libra de sal?

-Cien milreis.

-Nosotros pagamos cuarenta. ¿Cuánto os cuesta la ternera y el cordero, si es que lo compráis?

Fue un golpe certero que hizo que se ruborizase ligeramente.

-Suele variar, pero no mucho: se puede decir que unos setenta y cinco milreis la libra.

A nosotros nos cuesta treinta y tres. ¿Cuánto pagáis por una docena de huevos?

-Cincuenta milreis.

-En mi tierra están a veinte. ¿A cómo está la cerveza?

-A ocho milreis y medio el medio litro.

-Nosotros pagamos cuatro. Veinticinco botellas por un centavo. ¿A cómo está el grano?

-A unos novecientos milreis la fanega.

-Nosotros la pagamos a cuatrocientos. ¿Cuánto os cuesta un traje de estopa para hombre?

-Trece centavos.

-A nosotros nos cuesta seis. ¿Cuánto cuestan las túnicas de estopa que suelen usar las mujeres de los jornaleros o de los mecánicos?

-Ocho centavos y cuatro décimos de centavo.

-Pues bien, podéis observar la diferencia. Mientras vosotros pagáis ocho centavos y cuatro décimos, nosotros sólo pagamos cuatro centavos.

Me dispuse entonces a dejarlo fuera de combate, y dije:

-Ahí lo tienes, querido amigo, ya ves en qué se han quedado los altos salarios de los que alardeabas hace apenas unos minutos.

Eché una mirada de plácida satisfacción a mi alrededor, pues había ido cercándolo gradualmente hasta tenerlo atado de pies y manos, y sin que se diese cuenta en ningún momento de lo que estaba ocurriendo. Insistí:

-¿Qué ha pasado con esos sueldos tan altos de los que hablabas? Me da la impresión de que los he dejado bastante desinflados.

Pero, aunque no os lo creáis, parecía sorprendido y nada más. No había comprendido la situación en absoluto, no se había dado cuenta de que se le había tendido una trampa y que había caído en ella. En ese momento hubiese sido capaz de dispararle de la irritación que me invadía. Con los ojos nublados y realizando un gran esfuerzo intelectual, declaró:

-A fe que no llego a entenderlo. Se ha demostrado que nuestros sueldos son el doble que los vuestros: ¿cómo podéis decir, entonces, que se han desinflado? Y no creo haber malinterpretado tan portentosa palabra, que por la gracia y la providencia divina he escuchado por vez primera.

Bueno, me encontraba sencillamente apabullado, por una parte debido a su estupidez manifiesta, y por otra, a causa de que era evidente que sus compañeros estaban de acuerdo con él y le daban la razón, en caso de que a eso se le pueda llamar razón. Mi argumentación no podía ser más clara, era imposible simplificarla más; de cualquier manera, lo intenté:

-Pero, vamos a ver, hermano Dowley, ¿no lo comprendes? Vuestros salarios son superiores a los nuestros tan sólo en apariencia, pero no en realidad.

-¡Escuchadle! Son el doble que los vuestros..., lo acabáis de confesar.

-De acuerdo, no lo niego, pero eso no tiene nada que ver. El importe del salario en monedas, sea cual sea el nombre de éstas, que sólo sirve para distinguirlas, no tiene nada que ver con nuestro asunto. La cuestión es cuánto se puede comprar con ese salario, eso es lo que importa. Si bien es cierto que aquí un buen mecánico cobra tres dólares y medio al año mientras que en mi tierra cobra un dólar y setenta y cinco...

-Ahí lo tenéis, ¡lo estáis confesando de nuevo, lo estáis confesando!

-¡Maldición! ¡Te digo que no lo he negado nunca! Lo que pretendo que comprendas es que nosotros podemos comprar más con medio dólar que vosotros con uno. Por tanto, es elemental y casi de sentido común que nuestros salarios son más altos que los vuestros.

Parecía aturdido y dijo con voz angustiada: -Verdaderamente, no acabo de comprenderlo. Decís que nuestros salarios son más altos y al minuto siguiente afirmáis lo contrario.

-Pero, válgame el cielo, ¿no es posible que algo tan sencillo se te meta en la cabeza? Ahora vas a escucharme y a dejar que te lo explique. A nosotros nos cuesta cuatro centavos una túnica de estopa de mujer y a vosotros, ocho centavos y cuatro décimos de centavo, lo cual quiere decir que pagáis el doble y cuatro décimos de centavo más. ¿Cuánto cobra una mujer que trabaja en una granja?

-Dos décimos de centavo al día.

-Muy bien; con nosotros cobra la mitad; tan sólo la décima parte de un centavo al día...

-De nuevo confe...

-Espera, vas a ver qué sencilla es la cuestión y con qué facilidad lo comprendes esta vez. Por ejemplo, si una mujer aquí cobra dos décimos de centavo al día, tendrá que trabajar cuarenta y dos días para poder comprar la túnica, es decir, siete semanas, pero en mi tierra sólo tiene que trabajar cuarenta días siete semanas menos dos días. Cuando la mujer de aquí se compra la túnica se gasta el sueldo entero de las siete semanas, mientras que a la mujer de mi tierra aún le queda el sueldo de dos días para gastarlo en otra cosa. ¿Lo ves? Ahora sí que lo has entendido.

En fin, lo más que se puede decir de él es que parecía du doso, lo mismo que los demás. Esperé un tiempo para dejar que asimilaran. Al cabo de un rato fue Dowley quien se decidió a hablar poniendo de manifiesto que seguía aferrado a sus arraigadas supersticiones:

-Pero... pero no podéis negar que dos décimos de centavo al día es mejor que uno solo.

¡Recórcholis! Por supuesto que detestaría darme por vencido, así que ensayé una nueva vertiente:

-Vamos a poner otro caso. Supongamos que uno de vuestros jornaleros sale a comprarlos siguientes artículos:

» 1 libra de sal

1 docena de huevos

6 litros de cerveza

1 fanega de trigo

1 traje de estopa

5 libras de carne

5 libras de cordero

»Todo junto le costará treinta y dos centavos, por lo que tendrá que trabajar treinta y dos días para ganarlos, o lo que es lo mismo, cinco semanas y dos días. Ahora bien, si trabaja en mi tierra los mismos días cobrando la mitad de ese salario pagará por los mismos artículos un poco menos de catorce centavos y medio, que habrá ganado en poco menos de veintinueve días y aún le sobrará el salario de una semana. De seguir así, cada dos meses le quedaría libre el sueldo de una semana, mientras que a un trabajador de aquí no le sobraría nada. Al cabo del año el hombre de mi tierra dispondría del sueldo de cinco o seis semanas mientras que a vuestro hombre no le quedaría libre ni un centavo. Habréis comprendido ahora que "salarios altos" o "salarios bajos" son frases que carecen de significado hasta que no se demuestra con cuál de ellos se puede adquirir un mayor número de cosas.

Había sido un planteamiento demoledor.

Pero, caray, no demolió nada. Decididamente, tenía que darme por vencido. Lo que a esta gente le importaba eran los «salarios altos». Que con ellos se pudiesen comprar cosas o no, parecía ser irrelevante. Ellos defendían a toda costa el «proteccionismo», lo cual no era de extrañar, ya que los grupos que tenían interés en que las cosas siguieran igual les habían engañado inculcándoles la falsa idea de que era el «proteccionismo» lo que generaba sus elevados salarios. Les demostré cómo en un cuarto de siglo sus sueldos no habían aumentado más de un treinta por ciento mientras que el coste de la vida había subido un ciento por ciento. En nuestra tierra, en un período de tiempo más corto, los sueldos habían subido un cuarenta por ciento, pero el coste de la vida había ido disminuyendo de forma constante. Tampoco esto dio resultado. No había modo de desbancar sus extrañas creencias.


 

Lo dejo aquí, aunque no me faltan deseos de copiar la novela completa. Pero no quiero dejar de hacerle una pregunta a nuestro novelista: Si el jornalero, el sastre, el mecánico y el carpintero ganan setenta centavos al día, pero su factura cuesta cincuenta pesos, es decir, que se necesitan para ganarlos no menos de setenta días. ¿Es "salario alto" o "salario bajo"? ¿O "carece de significado"?

Se supone que lo que alguien paga es lo que otro está cobrando. Si todos cobran "poco" (en el sentido de Mark Twain, es decir en días de trabajo) es porque otras manos, que no forman parte de la cadena productiva, desangran el salario.

Cuando es demasiado grande el aparato improductivo, cuando hay muchas empresas subsidiadas, cuando hay personas en la plantilla cuya función no es aportar a la economía del colectivo, cuando se pueden utilizar los ingresos de las empresas en destinos ajenos a sus intereses, cuando existe un cuadro de corrupción galopante, cuando se impide crear, trabajar y buscar soluciones nuevas, se está propiciando la sorpresa de saber que se necesitan, con los mejores salarios, tres años sin consumir, para comprarse una bicicleta eléctrica, seis meses de sueldo para un sencillo reproductor de DVD o para pagar el movimiento de la mano de un funcionario con el que acuña en nuestro pasaporte el "permiso" para abandonar el suelo patrio.

miércoles, marzo 26, 2008

Mi tío el gerente

Uno de los libros cubanos que más me ha divertido es Mi Tío el Empleado, de Ramón Meza, novela de entreguerras, que se desarrolla fundamentalmente en una de las dependencias de la administración colonial y describe, con una resolución de cien megapixeles, el turbulento mundo de los departamentos y las oficinas del estado y la corrupción galopante que asolaba la colonia.

La primera vez que supe de esta novela fue gracias a una versión radial, allá por los sesenta. Aunque existía la televisión, lo corto y pobre de su producción dramatizada y la escasez de equipos en las casas, permitía que varios programas radiales, incluyendo radionovelas, tuvieran un alto nivel de audiencia, como es el caso de Las Aventuras de Sherlock Holmes o ésta de que me ocupo ahora. Recuerdo el capítulo del informe, donde el guionista, fiel al espíritu de Meza, nos divertía con la forma burda en que Vicente Cuevas trataba de disimular su incapacidad para redactar un simple informe de una hoja y tampoco permitía que su sobrino lo hiciera.

Un par de años después, conocí la novela en papel y me divirtió mucho más. Aunque debo admitir, que las voces de los personajes que sonaban en mi mente eran las que había escuchado en la radio y las imágenes de los personajes que utilizaba al leer eran las que me había formado de oído escuchando el programa.

Conocí el ambiente de las oficinas en el año setenta y ocho, cuando tuve que trabajar en el departamento de contabilidad de una empresa. En esa época estaban redescubriendo la contabilidad, desmontada en los años de la "lucha contra el burocratismo" y tuve mi oportunidad de conocer a más de un Vicente Cuevas. Esa fue la ocasión en que leí, por segunda vez, Mi Tío el Empleado y entre sonrisas pude identificar a los nuevos homólogos de los personajes de la obra de Meza.

Compré el libro nuevamente, en la Feria, allá por el 2005. Lo leí, en busca de los buenos momentos que me había hecho pasar. La óptica de una persona que ha trabajado treinta años me permitió encontrar nuevos filos a la vieja historia. ¡Cuántos matices olvidados, cuántos detalles nuevos! He notado que en mis centros de trabajo siempre hubo Benignos, Genaros, Mateos, Vicentes, y Domingos. Me descubro una y otra vez haciendo el papel de sobrino. Y en todas partes, la continuación de la novela: las mismas estructuras anquilosadas, llenas de prerrogativas, capaces de obstaculizar cualquier intento de hacer algo productivo y de convertir la obstrucción en instrumento de prosperidad. Los mismos señores cuya valía exclusiva es su pertenencia a la "Casa Vetusta", los mismos que se enriquecen "a robo limpio y cara de jalea".

No conozco de otros lugares lo suficiente como para generalizar, sólo puedo comentar sobre lo mío. Me sorprende que Meza, tratando de ser costumbrista, haya logrado un retrato tan vigente. Que pervivan, en este nicho ecológico, usos y personajes que debieron haberse extinguido en el siglo antepasado. Que siga privilegiándose al extranjero, que la traba siga siendo prudente y oportuna, y que don Benigno continúe extendiendo la mano, ya sin el atisbo de dignidad que le impulsó a rechazar la moneda de oro que el nuevo conde le entregara orgullosamente.

viernes, marzo 21, 2008

Soplo nocturno.

El soplo corrió, con la celeridad y la imprevisible dirección de un movimiento browniano, cuando sonaban los primeros acordes del noticiero de las ocho. Siguió esparciéndose, sin detenerse ni siquiera por causas tan importantes como la telenovela o la película esperada.

Se cerraron muchas puertas y ventanas.

Emilio se reúne con sus huéspedes: "Señores, tengo un problema. Ustedes vienen hace años y saben que yo estoy legal en la ONAT. El problema es que tengo declarada una sola habitación y ustedes ocupan dos. Si llegan los inspectores por la mañanita, me hace falta que no encuentren a nadie en la otra habitación. Esta noche, mi esposa se la va a pasar en casa de su hermana y yo me quedo en el sofá. Si tocan a la puerta por la madrugada, necesito que ustedes se reúnan en la habitación que tiene el baño, la del señor. Así, yo puedo decir que ustedes están juntos y yo soy el que duerme en el otro cuarto."


 

José Ramón recoge los discos de su banco. Son más de cuatrocientos; pero, bien puestos, caben en una caja que originalmente contenía una olla arrocera. La envuelve con varias capas de celofán y en una bolsa de basura bien atada con una cuerda que también sujeta una pesada pieza de automóvil. Sube a la azotea, salta a la azotea vecina y luego a otra más lejana. Mueve la tapa del tanque de agua y coloca el paquete en el fondo. Después lo cierra cuidadosamente y regresa.


 

Remigia arrastra un saco de papel lleno hasta la mitad. En la mesa están las bolsas de nailon que generalmente utiliza para envasar. Esta vez lo hace sin pesadas. Tiene prisa y acaba rápidamente. Toma dos de las bolsas y baja las escaleras hasta casa de su amiga María, que accede a guardarlas, pero no a que le traiga más. Sube y lleva dos bolsas a casa de Juan Antonio, donde no es muy bien recibida. No obstante, le permite dejar su carga. Las otras tres bolsas las coloca en su escaparate.


 

El mayor Suárez se impacienta al teléfono:

- No, no conozco que haya ningún operativo en marcha…, bueno, eso puede ser en otra sección. Teniente, si le comunican o escucha algo sobre ese tema, me lo indica. Sí.

- Rendón, comuníqueme con mi casa.

- María Luisa, ve a la sala y coge el casete que no tiene etiqueta. Ve al cuarto del niño y quítale todas las revistas esas que tiene en la mesita de noche, haz un paquete con todo y quémalo. Sí, sí. Después te explico. Bueno, un besito…


 

Rolando conecta su disco externo y guarda en él toda la información contenida en el disco duro de su ordenador, proceso que le cuesta una hora y dieciséis minutos. Después, reinicia y comienza una nueva instalación del sistema operativo. A las once y cincuenta, regresa a su trabajo y deja el disco externo en su taquilla.


 

En casa de Benito hacen una reunión familiar. Su mujer y su hijo se quejan amargamente. "¿Por qué tenías que hablar tanto? No pensaste en nosotros. Ya tú estás marcado. ¿Quieres que ahora nos marquen a nosotros también?"


 

Adalberto tiene un congelador enterrado en el patio. Nadie puede imaginar que las flores están sembradas sobre una enorme bandeja metálica cubierta de tierra. Debajo, repleto de carne, está el congelador escondido. No lo desenterrará hasta que pase el peligro y se reanuden las ventas.


 

Hay cerca de cincuenta personas, en distintos lugares de la ciudad, escondiendo dinero a las diez de la noche. A la una de la mañana lo han hecho alrededor de dos mil.

Centenares de artículos: productos de belleza, fotografía, ron, piezas de automóviles, talleres de descodificación de celulares, juguetes para adultos, antenas, materiales de construcción, café de marca, desaparecen esta noche en escondrijos impensables.

Tarde, en la madrugada, se atrancan las puertas. La ciudad calla y dormita, con el sueño inquieto. Frecuentes son los viajes al baño, que terminan con una mirada a la calle, por las rendijas de las ventanas.


 

Con el sol encendido a plenitud, salen los ciudadanos somnolientos. A muchos les duele la cabeza por haber pasado la noche sin dormir. A casi todos les falta descanso. El soplo se desvaneció en el aire sin confirmar los temores de nadie. Por eso, van alegres y miran al futuro con optimismo.


 


 

miércoles, marzo 12, 2008

Mecaniqueros, mentiras y discos de video.

"MECANIQUEROS: TODO ES POSIBLE EN LA HABANA" es el título de un documental que me trajo uno de los alquiladores de películas que pululan por las calles del Vedado. A pesar de la pobre calidad que han exhibido muchos filmes que sobre la realidad cubana se han realizado en Europa, me esfuerzo por "conseguir" y ver cada filme que se realiza sobre el tema. Conociendo la elevada calidad de otros, como "La Habana: el arte de hacer ruinas", y de las recomendaciones de algunos sitios de Internet, pensé en la posibilidad de presenciar una revelación de la mecánica del margen habanero.

No puedo menos que declararme decepcionado. No soy un especialista en artes audiovisuales, ni un gourmet cinematográfico que rechace una obra por pequeñas fallas en su realización. Creo que desde el punto de vista artístico es olvidable por su falta de imaginación, por la esquemática concepción de la puesta en escena, por la reiteración de los mensajes, por la pobreza del lenguaje en la narración.

Para mí el problema principal, es su relación con lo que describe. El género documental, aunque se trate de un docudrama, está obligado a registrar aspectos verdaderos de lo que presenta.

La falta de investigación, el brindar como ciertas las versiones de una o dos personas, que no dicen ante las cámaras la verdad sobre sus circunstancias motivaciones y hechos, propicia que todo el documento sea falseado. Cubanos podrán reconocer las razones por las que se dicen ciertas cosas, pero su distorsión produce un extrañamiento. El espectador, que a cada momento identifica incongruencias y falsedades en pequeños detalles, termina por no creer nada de lo que le presentan. Y es una pena, porque se pierde una oportunidad de reflejar algunos de nuestros universos.

Ejemplos de tales detalles: La cuota de racionamiento no es, como reza el locutor, "arroz, judías y patatas", las "patatas" aparecen sólo tres o cuatro veces en el año y por otra parte también hay azúcar, café, aceite, huevos y pollo, entre otros. No se trata de que sea mucho o poco, suficiente o no. Una "paladar" (pequeño restaurante privado) legal, no sobrevive pagando impuestos con un abastecimiento tan irregular, abriendo a veces con una pequeña oferta y una sola caja de cerveza. El ahorro por la compra de un único puerco de cien libras en Pinar del Río no justifica un viaje hasta allá, ya que sólo en gasolina se gasta más que lo que se gana con la diferencia de precios, sin contar el tiempo y otros gastos del viaje. Los mecaniqueros del filme demuestran un nivel de vida (dado por su aspecto) que no se corresponde con lo que obtienen de las operaciones que realizan. Sus negocios son demasiado limpios, los cincuenta y cinco euros que cuestan los "quince" olvidan demasiados rubros. La densidad de causas, hechos improbables, soluciones extraordinarias es demasiado alta. "Un día el la vida de un mecaniquero" podía haber sido un documento interesante si hubiera investigado más sobre "el antro, las veredas oscuras".

Desgraciadamente, esta falta de rigor no es un fenómeno aislado. Se han hecho varios filmes de ficción, generalmente en tono de comedia, que producen una imagen de mala factura sobre nuestra realidad. Pueden agradecerse algunos, como "Habana Blues", pero la improvisación y el mal gusto imperan en otros. Me gustaría ver un cine más serio trabajando sobre nuestro mundo con mejores ideas.

domingo, marzo 09, 2008

Mitos y leyendas.

(Viene de La Población)

Un hombre, vestido de brillante verde claro, fue llevado una tarde ante la princesa Aylinda.

- ¿Qué sucede?- El paje que lo conducía comenzó a formular la presentación de protocolo, pero la señora lo acalló con un gesto.

- Es a él, a quien le pregunto.

- Señora, yo soy un cantor. Mi arte se ha olvidado, pero yo la he hecho renacer. Mi palabra es dulce, porque evoca la belleza. Los que me escuchan, sueñan placeres infinitos, aman la vida, desean diversiones y halagos sin fin.

- Nuestra población, indigno plebeyo, debe trabajar sin descanso. Vivimos en un mundo pobre y no debe distraerse al vulgo con cántigas y circunloquios. Soñar, ¿para qué? Después querrían bailes, llegarían cansados al campo por la mañana. Encuentro tu profesión peligrosa y, por tanto, criminal. Si los hombres tienen poesía en su alma, serán infieles a su señor. Hemos decretado el fin de la fantasía. No debe haber más música que el latido de los corazones amantes de su Rey. Tú eres cantor. Aunque me digas que no cantarás de hoy en adelante, lo seguirás haciendo. Sembrarías entre los hombres la mandrágora de la imaginación. Debes morir.

- ¡No! Señora mía, no me haga ejecutar. Sea tan graciosa conmigo como ha sido con nuestro reino. Déjeme vivir. Tendrá mi devoción eterna.

- ¡Uhm! Puede ser. Pero, ¿cómo asegurarse? ¡Sigfredo! Encierra al señor en una de las celdas del sótano. Mañana me lo traes después del desayuno.

Al siguiente día, la princesa recibió al cantor en su recámara.

- Sé que creaste un cantar para mí, pensando salvar tu vida. Déjame escucharlo.

- Sí, señora. Usted, en su infinita sabiduría, ha previsto exactamente lo que sucedería. Escuche:

Un Ser Superior necesita el alma
como alma necesitan los hombres.
El soberano, del cielo trajo la calma
y la villa se pobló de pronombres.

La virtud suprema del gran monarca
la desean los villanos en sus hijos.
Blasfema es, propia de heresiarca
pretender crear reyes de canijos.

Brilla entre todas, una princesa
que los sueños de los hombres, convoca.
Es Aylinda, fragante cual camuesa,
de su escudo sobresale como bloca.

- Es realmente malo. Pero conviene. Tienes que explicarme esas palabras y procura no mentir, que las consultaré luego con lo sabios de la corte.

- ¿Qué palabras, señora?

- Camuesa, por ejemplo.

- Es una especie de manzana. En el huerto de mi padre todavía hay. Huele tan maravillosamente que, al llegar su temporada, todos vienen a respirar con nosotros. Los jóvenes se enamoran de solo aspirar su fragancia.

- Bueno, basta. Tampoco sé como es una manzana. Aunque la conozco, de oídas.

-Tome las mías. Verá qué exquisitez. Nada se compara a la finura de su piel, sino la piel de una princesa. Su carne, sólida, se rasga a la mordida acariciando la boca que la besa. No hay pasión que iguale el deleite del néctar que fluye a la garganta del afortunado que mastica su incomparable fruto, sino es el amor de la más galante, hermosa y fina de las señoras, la princesa que deslumbra mis ojos en este momento…

- Detente. Entiendo. Capté la idea. Ya veo que sabes adular. Pasemos a mi recámara.

Pronto se extendió por el reino la especie de que un hombre vulgar, sin más arma que su hablar elegante, se había apoderado de los salones reales. Sus versos corrían de boca en boca y admirarlo se convirtió en signo de fidelidad a la monarquía. Surgieron composiciones apócrifas que trataban de imitar su estilo. Se comentaba muy especialmente una Historia del Mundo que explicaba el surgimiento de un universo isla, rodeado por un mar inaccesible. Contaba el surgimiento de un monarca divino, cumpliendo su obligación de reinar por mandato del Ser Superior. Un Reino en ascenso perpetuo a la perfección, venciendo intrigas, cataclismos naturales y las malas artes del destino, emergía entre las nubes de las rimas que el poeta convertía en credo.

Pronto los pajes dejaron de perseguir el delito de arte poética. Los campesinos, cansados de largas y poco fértiles jornadas de trabajo agobiante, gustaban de escuchar a un vecino, o un adolescente de la familia, que desgranaba lentamente una leyenda cargada de hermosas palabras. Historias alternativas, nuevos mitos persistían, a pesar de la severa censura que impusieron los pajes.

La más persistente y peligrosa era la existencia de un mundo anterior a la dinastía de Atilio Primero, de un mundo exterior al reino, más allá de los mares tremebundos, de un camino para llegar a la costa y de vehículos capaces de transportarse por encima de las aguas. "¡Tonterías!" Exclamaban los sabios. "La tierra todo lo atrae. Hay tierra en el fondo de los mares. No es posible moverse sobre el mar." "El agua de mar despide vapores venenosos." "El único mar que necesitamos es el azul de los ojos de las princesas."

Un hombre regresó, los vestidos rasgados, de una expedición que hizo, contando haberse encontrado una cerca impenetrable, de arbustos espinosos. Sin embargo, el hombre desapareció y pronto él mismo se convirtió en un ser mitológico. Las bolas sobre la selva exterior tomaron tales proporciones, que los pajes decidieron llegado el momento de tomar providencias.

(Continuará con…)

Conmoción en el Reino