viernes, mayo 09, 2008

Un día en la vida de Manuel K.

Antes de abrir los ojos, ha tenido varias noticias que no son de su agrado. Sabe, por ejemplo que el dolor de la rodilla no va a ceder en todo el día. Al contrario, se hará cada vez más molesto. Si después de pasar la noche en una cama dura, sudando de calor, sin almohada, el aguijonazo en la rótula es su primera sensación consciente, es señal inconfundible de que no habrá alivio de bolsa de agua caliente, ni reposo que le ayude.

Sabe también que no ha subido el agua, a pesar de que hace un buen rato que pusieron el motor. Varios vecinos, violando las regulaciones y los acuerdos del Consejo, han colocado tanques particulares en la azotea y provocan demora en la llegada del agua al tanque general. Si ya hubiera subido, se escucharía el chorrito en el tanque del inodoro, que es el primero en recibirla, y el desagradable olor no le estaría molestando. Siente la vejiga llena y no ignora que tendrá que orinar sobre la suciedad de la noche anterior. El vaho le trae el recuerdo del baño en la estación de policía donde trabajaba voluntariamente, sin sueldo, como administrador interino, cargo que retuvo casi cinco años de holgura económica y poder. La envidia de compañeros sin conciencia, incapaces de entender su sacrificio personal, su consagración a la causa, que lo impulsaba a trabajar olvidando su edad, los años que llevaba jubilado; fue lo que finalmente motivó que agilizara el trámite para abandonar la administración en nuevas manos.

Lo otro que sabe es qué hará en el día. Su casa, sucia, con pocos muebles, con el televisor roto, y solitaria, desde que la esposa está permanentemente ingresada en un hospital en el otro extremo de la ciudad, es muy poco acogedora y no pretende pasar en ella más tiempo del imprescindible. Por lo tanto, hoy hará el recorrido largo, y no regresará hasta que empiece a oscurecer, a tiempo para prepararse una merienda nocturna, que le permita pasar la noche sin la pesadilla del agujero en el estómago.

Se levanta, y no puede evitar que se le escape un quejido. "Los viejos siempre suenan" se burlaba años atrás, "cuando se agachan, cuando se levantan, cuando comen, cuando caminan. Son sonajeros". Todavía sonríe burlón al escucharse haciendo los mismos ruidos. En el baño tiene una botellita de refresco llena de agua que le sirve para asearse sin esperar a que la llave de agua comience a borbotear. Queda un poco de café de la noche anterior y lo calienta un poco antes de tomarlo con un pedazo de pan a modo de desayuno.

Enciende la radio mientras se viste, pero no lo escucha. No oye bien, desde joven. A un compañero se le reventó el fusil a su lado, tan cerca de su oído, que jamás volvió a funcionar. Por el otro lado, sí. Pero tiene que dirigir la cara para poder escuchar. Por eso, la radio le llega con una extraña intermitencia que no siempre le permite seguir el hilo de las noticias.

Con precisión ritual, asegura las ventanas de la casa. Los ladrones merodean por el edificio, hay algunos vecinos bien ubicados en empresas de la economía emergente y sus casas atraen a los delincuentes, que no consideran la importancia que tiene para nuestro país que estos compañeros puedan descansar sin la intranquilidad del acecho que pende sobre ellos. En los tiempos en que Manuel administraba un taller, nadie pensaba en enriquecerse con el trabajo. A lo más, resolverle un problema a algún amigo o pariente, un trabajito de chapistería, una reparación de motor. Nunca por dinero. Los favores se pagan con favores, agradecimiento o respeto, nunca con dinero.

Está terminando de asegurar la casa, cuando escucha el ruido del agua en el inodoro. Va a la cocina, llena varios pomos, enjuaga los cacharros sucios. Y regresa al baño, a orinar por segunda vez antes de salir. Supone que andan diabético, por la cantidad de veces que tiene que orinar. Levantarse de madrugada es molesto, pero debe hacerlo hasta dos veces cada noche. De día, caminando por la calle, se le hace menos presente la necesidad, pero es mejor salir con el tanque vacío para evitar apuros. Una vez afuera, nota que ha olvidado si completó su rutina de aseguramiento y entra para revisarlo todo. Estos pequeños avances de la desmemoria son incómodos, pero inofensivos, porque ante la duda, siempre prefiere repetir la acción (se niega a aceptar que pudiera ser una enfermedad senil.)

Al primer lugar al que se dirige es al estanquillo donde venden los periódicos. Está junto a la parada de ómnibus, donde hace quince años que no para ninguno. La parada se conserva bastante bien, es el sitio donde se reúnen varios ancianos que se ocupan cada mañana de comprar todos los ejemplares del periódico que llegan, para revenderlos a personas que no quieren venir a pasarse la madrugada discutiendo por el lugar en la cola.

Para Manuel no es problema. Uno de los viejos le entrega un periódico que él hojea rápidamente. Luego, lo abre por el centro y se detiene a leer cuidadosamente. Una vez concluida la lectura, dobla cuidadosamente el periódico y lo devuelve a su dueño, que lo venderá más adelante.

A las diez de la mañana, llega al comité del partido. "¿Vino Fonseca?" "Sí. Está en su oficina." "Mira, lo encontré." "A ver…" "Te dije que no eran cuentos de camino, mira por detrás, siete de mayo de mil novecientos sesenta y tres." "Yo soy el de la boina bolchevique." "¡Oye! Déjame escanearla…No te preocupes, que no le pasa nada. Es como fotocopiarla, pero sale en la computadora." Sí, mi hija mayor tiene una computadora y ha metido las fotos adentro."

Ha logrado exactamente lo que quería: llegar a la Asociación a las once de la mañana. A tiempo de ser contado para el almuerzo y no tan temprano como para ponerse a esperar y parecer que vino por la comida. "¿Dónde está Carmona?" pregunta sólo para marcar, porque sigue directo a su oficina, seguro de encontrarlo allí. "¿Revisaste la lista?" "Sí. ¿Pusiste a todo el mundo?" "No. Me dijeron que pusiera nada más que a los que le iban a dar el suplemento dietético por la Asociación." "Pero me parece que hay muchos. Trescientos combatientes pidiendo comida, solamente en este consejo, es demasiado." "Hay algunos que no la necesitan, porque tienen un trabajo por la izquierda o porque viven con su familia y en algunos casos la familia puede mantenerlos. Lo que pasa es que nadie sabe lo que van a dar y todos se apuntan por si acaso." "Hay que hacerles entender que si se apunta todo el mundo no le dan nada a nadie. Es ayuda para necesitados. Que los visiten, K. ¿Tienes gente para hacerlo?" "Claro, ahí están la Mora y Gustavo." Sale y se mete en otra oficina. "Sebas. ¿Qué hacemos con el tipo?" "Nada, mientras no se reúna con los otros dos, hay que dejarlo tranquilo. La brigada se forma en quince minutos, ¿no? Si se encuentran los tres, me mandas un mensajero mientras le avisas a la brigada. No se lancen a hacer nada si no les doy la confirmación. Total, esos tipos son cobardones. Les pueden ripiar la casa y no son capaces de levantar un dedo. Nosotros sí que teníamos cojones. ¿Te acuerdas del casquito aquel?"

Manuel K. se acuerda, pero no quiere volver a los cuentos. Así que farfulla un pretexto y sale de la oficina y del edificio. En la casa de al lado hay una empresa cuyo comedor entrega comida también a los de la Asociación. Pasa directamente al patio. El cocinero, sin decir palabra, le sirve comida en una bandeja y mientras come, se acerca y coloca sobre la mesa un bulto envuelto en papel periódico. "Mañana voy a ver a Junior", planea, mientras engulle el almuerzo. No le gusta que lleguen los comensales de la empresa y empiecen con las puyas, como si los combatientes no tuvieran derecho a comer allí. Ha dejado de discutir con ellos, explicándoles el sacrificio que hicieron muchos años atrás para que pudieran disfrutar de todo lo que ahora tienen. No soporta que lo traten como un aprovechado. "Hace quince días que no veo a mis bisnietos. Esos cabrones no los traen a verme. No les gusta mi apartamento, la escalera. Sin embargo, mis nietos nacieron allí. Hablaré con el compañero de Transporte, para no tener que montarme en dos guaguas. Por lo menos que me adelante hasta la Virgen del Camino y después yo busco cómo seguir."

Camina penosamente hasta el Centro de Servicios. Alberto está ocupado, le hace una seña para cuando acabe y sigue hasta el fondo, donde un electricista se afana con un ventilador viejo. "Oye, ¿me conseguiste eso?" "Nada, mi viejo. Esa pieza ellos la venden y los clientes no la cambian si no está rota. Tráeme la tuya a ver qué puedo inventar." "Es que… está bien, la voy a traer. El lunes, sin falta." Regresa donde trabaja el barbero y éste le indica que espere en una silla situada junto a una mesita, donde hay algunas revistas viejas. Alberto tiene la manía de ponerle su nombre a las revistas, para que los clientes no se las lleven. En unos minutos le hace un corte de cabellos sonriendo ante su escasez y lo peina con igual celeridad.

Sintiéndose fresco sale a la calle. Debe caminar ocho cuadras hasta el huerto. Allí trabaja Mingo, que siempre le reserva verduras. Él sabe que no son aptas para la venta, pero en cambio son regaladas. Mingo ha cambiado, desde que trabaja ahí. Antiguamente, se apresuraba a resolverle cualquier necesidad, pero ya no. "Se ha aburguesado." Tiene una cadena de oro y una sólida barriga, que la pequeña camiseta blanca que usa no alcanza a cubrir. Insolentemente, le espeta: "No hay nada, mi viejo. Ha habido muy poca agua y las hortalizas se me están consumiendo. ¿Por qué no hablas con tus amigos de la administración para que nos pongan más tiempo la bomba?" "Mañana voy por allá."

Este viaje inútil le ha resultado muy costoso. Está agotado. No consiguió nada y Mingo aprovechó la escasez del agua para plantearle exigencias. Ha consumido mucho tiempo caminando. "Los fabricantes del tiempo cada vez trabajan peor." Le contaba su tío, muchos años atrás. Es un tiempo de pésima calidad. Cuarenta minutos, para caminar ocho cuadras. El sol, ya de caída, ha dejado la calle tórrida. Tendrá que detenerse en algún portal.

Cae la tarde cuando llega a su casa. No abre las ventanas. Sólo se sienta en el sofá a esperar que el sofoco pase. No se escucha el agua en el inodoro, así que no podrá bañarse. Sólo tiene las botellas que llenó antes de salir. Con una de ellas se enjuaga la nuca y la espalda, donde le molestaba el cabello cortado.

El paquete que le regaló el cocinero tiene un pedazo de queso fundido y otro de mortadela. Prepara la pequeña cafetera de una taza: mitad café y mitad borra. Mientras el agua dentro de la cafetera hierve, se come el queso con mortadela. "Menos mal que mañana me toca el pan."

Aunque el cansancio le cierra los ojos, enciende la radio para escuchar las noticias antes de quedar dormido. Éstas lo tranquilizan y, finalmente, se duerme, casi sonriendo. "Nada va a cambiar."


 


 


 

10 comentarios:

Anónimo dijo...

Gracias por compartir tus reales relatos... mientras tus lectores esperamos ¡ansiosos! la publicación de un nuevo libro.
Un abrazo.
"Barbarito, el lector cubano".

MARISELA dijo...

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Espero que sigas escribiendo sobre la isla, a la cual añoro en mi exilio autoimpuesto. Un abrazo

Francisco Pividal dijo...

Lei el relato y esta buenisimo. A veces me pregunto cuantos, como Manuel K, realmente habran luchado por esta mierda. Y a veces me contesto solo Fidel y tres o cuatro mas, los demas puros aduladores, pero que fuerza tienen por que nos han podido poner de rodillas por 50 años. Mi abuelo fue uno de ellos.

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